Hace falta una energía muy equilibrada para tratar con animales. Como la que desprende Dirce Fernández Do Santos, que trabaja con ellos desde hace décadas. Esta profesional del cuidado de , procedente de Timor Oriental, tuvo su primera peluquería canina hace 25 años en el Mercado Barceló de Madrid. Aún conserva algunos de sus clientes de entonces, a quienes se ha “traído” a , en el Corte Inglés de Castellana, el centro de estética para perros y gatos en el que trabaja, y donde recibe a EL PAÍS una mañana de viernes de febrero.
La rutina del día será la misma para los dos. Habrá baño con spa y posterior sesión de secado. Una especie de paquete básico. Ambos van al centro desde cachorros, la única manera de que la visita al peluquero les acabe gustando. Los que empiezan a ir más tarde, apunta Tete, acaban aceptándolo, pero solo eso: “El chiste [truco] es acostumbrarlos desde pequeños”. Mientras se entretienen peinando el precioso pelaje de Lion, las dos peluqueras hablan de sus experiencias con los felinos, no siempre aceptados en los centros de estética por su especial carácter. “Yo nunca digo que no, siempre lo intento”, asegura la experimentada Dirce: “Primero tengo una entrevista con el dueño; luego me bastan dos o tres minutos con el gato para saber si me va a dejar o no tratarle”, continúa. También tienen normas: así como de los perros puede encargarse solo uno de ellos, con los felinos siempre trabajan en pareja: “Y nunca con el gato mirando hacia ti, por protección”, previene la veterana, con Lion reflejándose en el cristal que tiene delante: “El espejo es importante, porque así el gato te ve, pero no mira hacia a ti”. Tete chasquea los dedos, como marcando un ritmo: “Con los gatos vamos rápido y calladitas”.
En esta “peluquería de bajo estrés”, como la define Dirce, los dueños pagan, pero no necesariamente tienen la razón. “Los clientes son exigentes, pero la mayoría no cuida mucho a los perros en casa; algunos los traen con el pelo lleno de nudos y quieren que los dejemos pomposos, pero es imposible. Si tú no has peinado a tu perro en tres meses, ¿qué quieres que haga yo?”, critica. Su solución es sencilla e irrebatible: “Cobramos un extra por nudos y así se lo piensan dos veces”.
Cuando se trata de dueños/tutores, hay de todo. “Nosotros tenemos rampas por toda la casa. Los teckel corren peligro de que la columna se les estropee y así evitamos que salte demasiado", dice al teléfono Marta, “dueña y mamá” de Clark y de Copito, un perro westie de siete años que también lleva a Contigo Cuidados. Para esta administrativa de 44 años residente en Madrid, es “muy importante el trato que se les da a nuestros perros en las pelus; quieres tener la seguridad y la garantía de que el perro está cómodo y tranquilo”.
En su centro ven de todo, como gente que viene a Madrid porque hay partido en el Bernabéu y aprovecha para dejar a su perro en una sesión de spa. También quienes van con sus perros para que les tiñan el pelo, como algunas clientas chinas que, siguiendo la moda actual en su país de origen, eligen adornar a su mascota con un mechón rosa: “Son tintes vegetales, especiales para perros”, tranquiliza Dirce, quien asegura que esas mismas clientas vienen “rigurosamente todos los meses y piden de todo; se gastan más de 100 euros”. Los servicios de estética se demandan cada vez más, pero siguen sin ser aptos para todos los bolsillos.
“Hay dos tipos de clientes: el que tiene a su perro como casi su hijo y cada 15 o 20 días pide un lavado para tenerlo estupendo, y el que tiene un perro que probablemente tenga las patas más sucias, pero vive feliz y viene más o menos cada mes y medio”, resume al teléfono Patricia Rodríguez, regente desde hace 10 años de la , en el pueblo coruñés de Miño. Quien una vez fue “peluquera de personas y actriz” ahora se dedica a un negocio que “ha evolucionado muchísimo: de un servicio como para perros pijos a algo más accesible y necesario para el día a día”. Acostumbrada a tratar con canes grandes que corren por fincas y llegan con espigas en las patas, Rodríguez opina que en la última década se ha humanizado demasiado a estos animales. “Ahora es muy habitual llevar a tu perrito a cortar las uñas, pero si nuestros perros caminaran lo que deben, las uñas no tendrían que cortarse tanto”, explica, refiriéndose a quienes acostumbran a llevar a sus mascotas en brazos. En su opinión: “Los perros tienen que oler, correr, ensuciarse”. Cuenta que algunas personas le han llegado a preguntar si sus perros no aparecían por ser “feos”.
Para Diego López-Polín, fundador en 1998 de la Clínica Veterinaria Loranca, el contacto con la peluquería canina acabó más o menos en 2010, cuando decidió cerrar ese servicio que un peluquero autónomo facilitaba en su centro. “Como negocio no era interesante para la clínica y solo era un foco de problemas”, recuerda. Si había un corte, un arañazo o un pelo mal cortado, más que enfadarse con el peluquero, se enfadaban con la clínica, según dice. “Ruido, pelos, problemas y margen cero”, resume. Y aunque admite una evolución de la peluquería canina como “un servicio que la gente demanda cada vez más”, se lamenta de que “en demasiadas ocasiones viene gente con diagnósticos veterinarios emitidos en el peluquero”. Escéptico en cuestiones como la cromoterapia, reconoce la importancia, por ejemplo, de los baños terapéuticos que muchas veces no se pueden dar en casa.
Si el bienestar forma parte de la salud, el de las mascotas influirá directamente en la de los humanos. Según el movimiento global , la medicina humana, la veterinaria y la ambiental deben trabajar de la mano. Uno de sus impulsores desde España, el catedrático de la y asesor de la OMS Bruno Gonzalez-Zorn, se remonta al siglo XIX para explicarlo, por teléfono: “Para erradicar la rabia, Pasteur decidió que no había que tratar a las personas, había que vacunar a los perros”. Ahora que los animales son un miembro más de la familia, asegura: “Es más importante que nunca”.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
