Plazas públicas: esas semillas de jardín que, aunque sean un quiero y no puedo, dan vida a los barrios | Vive Saludable

Plazas públicas: esas semillas de jardín que, aunque sean un quiero y no puedo, dan vida a los barrios

Plazas públicas: esas semillas de jardín que, aunque sean un quiero y no puedo, dan vida a los barrios

Atenta a los colores que garabatea en un folio en blanco. Con contornos algo titubeantes, pero bellos, traza todo aquello que representa su mundo cotidiano. La profesora ha pedido a los alumnos con los edificios que ven en el día a día. Rotuladores en ristre, manos chiquitas se esfuerzan por transmitir todas las imágenes que se agolpan en esas cabezas vivarachas. La pequeña continúa su labor, y esboza viviendas anaranjadas con muchas ventanas, coches, una panadería y, oh, sorpresa, agarra los colores verdes y marrones para llenar un lateral de la lámina y sus respectivos troncos.

En la silueta globosa que representa el ramaje ha añadido dos pájaros con picos gigantes y en la corteza ocre, una mariquita roja con sus respectivos puntos negros sobre los élitros. Unas lucen como pequeños soles, y la niña les ha regalado el don de la sonrisa, porque cada una tiene pintada una carita alegre, felices por florecer sobre esa hoja de papel, en la que la joven artista ha decidido incluir el minúsculo parque en el que juega cada día. Todo ese y de animales es importante para ella, y así ha querido reflejarlo.

La vida en las ciudades, a veces tan alejadas del campo como para echarlo de menos cada atardecer, se vuelve amable gracias a esos que son las plazas ajardinadas. Unos pocos árboles, un pedazo de tierra sin asfalto ni baldosas, y la naturaleza se encarga de engalanarla con sus dones. Se podría pensar que poco debiera ofrecer un espacio ínfimo como aquel, pero, sentado en un banco, cualquiera se daría cuenta de la importancia .

Quizás eso es lo que también comenten, por la mañana, una bandada , que manifiestan su jolgorio entre las hojas de un aligustre del Japón (Ligustrum lucidum). En su animada charla, puede que se estén contando las novedades y el plan del día, porque estos bichillos sociales observan mucho y pían bastante para mantenerse unidos. Es posible que esperen a la chiquillería que llegará después, con sus bocadillos y galletas, con la esperanza puesta en unas migas que acaben sobre la arena de los columpios.

Son la semilla de un jardín que preferiría convertirse en un descampado, para crecer libre de ataduras, para llenarse de flores silvestres que despunten en las semanas de finales de invierno, para ser refugio de más fauna todavía. Y, aunque se queden en ese quiero y no puedo, su función es encomiable. En ellas viven árboles de mediano o pequeño porte, porque el ramaje de otras especies más corpulentas ocuparía todo el espacio disponible. En toda esa frondosidad, las minúsculas partículas de mugre de la urbe se quedan retenidas, y actúan de escudo protector de las personas que se sientan a su vera. Igualmente, atenúan los ruidos despiadados de los motores, ofrendan oxígeno, umbría y hermosura.

Una esquina verde con unos pocos bancos de madera es la red social de muchos de los habitantes de la ciudad, que, rodeados de plantas, igual que hacían unas horas antes los gorriones entre revoloteos. Estos jardincillos son asimismo aliviaderos espirituales en los que calmar las esperas antes de entrar a una entrevista de trabajo o al salir del médico; en ellos se sosiega el ánimo y reponen fuerzas en medio de la jornada. Ese noble ejercicio del pararse y observar, detenerse y admirar, cobra su significado también en la ciudad en la que se habita, no solo cuando se viaja a una localidad distante.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.