La última botería de Madrid se reinventa como oasis de creatividad compartida: “Hago feliz a la gente sin producir nada, con algo que simplemente pasa” | Vive Saludable

La última botería de Madrid se reinventa como oasis de creatividad compartida: “Hago feliz a la gente sin producir nada, con algo que simplemente pasa”

La última botería de Madrid se reinventa como oasis de creatividad compartida: “Hago feliz a la gente sin producir nada, con algo que simplemente pasa”

Nada de eso. La Botería es ahora una asociación cultural que llevaba años gestándose en la creativa mente de Verónica, pero que ni siquiera ella esperaba materializar. “Me acuerdo de que entramos y estaba todo tal cual lo había dejado Julio. Había una mesa de trabajo enorme. Él tenía aquí como la rebotica y allí vendía las botas y tenía unos cubos para calentar la pez”, señala Verónica: “En este rincón estaba esa silla con la bata y las botas tal cual las dejó”. El local mantiene el nombre, la esencia y gran parte del ajuar con el que trabajaba su anterior propietario, pero también ha cambiado mucho. Ahora, en vez de botas, se hacen simposios, proyecciones, catas, degustaciones, talleres, exposiciones, conciertos, lecturas, podcasts, rodajes... “El viernes se va a leer el texto ganador del concurso de relato corto Calle Relatores, que hemos llamado así en homenaje a la calle donde vivió la madre de Julio. ¿Ves? Me invento cosas y aquí pueden ser realidad”, demuestra sonriente la violinista.

Empezó a darle forma a su idea ella sola, pero enseguida se apuntó la primera socia, su “grandísima amiga” y colega de profesión Seo Perucho. En el sencillo hay un registro de todos los socios que se van sumando a la iniciativa y en poco más de un año ya han formado una comunidad de 142 personas. Cada uno paga una cuota mensual de cinco euros para apoyar el proyecto y puede aprovechar y aportar al espacio de la forma que quiera. “Se trata de que aquí pueda venir todo el mundo. Ni yo soy , ni esto es la élite, ni yo me quiero comprar un chalé en Marbella. Yo quiero tocar el violín, criar a mis peques [es madre de dos hijos] y estar con amigos y pasarlo bien. Y, evidentemente, que no me cueste dinero”, defiende Verónica.

Entre los socios hay muchos músicos y artistas, desde actrices y escultores hasta fotógrafos, escritores, costureras, diseñadores o galeristas. Pero sus puertas están también abiertas a ingenieros aeronáuticos, agentes inmobiliarios, enfermeras, cirujanos o inversores, y a cualquiera que comparta cierta inquietud artístico-cultural, que es la que los une a todos. “De repente hay una lechera, la madre de la primera socia”, menciona Verónica para demostrar la gran diversidad de perfiles. “Aquí se apunta todo el mundo y, de hecho, quiero que esto también tire sin estar yo. Ahora mismo hay como cuatro o cinco llaves”, explica. Los únicos que no son del todo bienvenidos son , con contadas excepciones. “No por nada, pero no me parece un sitio preparado para ellos”, justifica.

La valenciana cuenta que, a veces, detenerse a observar con mirada externa lo que ocurre de puertas para dentro es como vivir una experiencia cinematográfica. “Aquí abres la puerta, le das al play, y de repente hay una película de ; otras veces, parece una de , confiesa riendo. Es lo que ella llama el concepto “sala de estar”. En La Botería se hacen muchas actividades, pero también se va a no hacer nada, a leer, ensayar o simplemente reunirse, tomar un café y estar. “A la gente le cuesta ir a un no bar, pero muchas veces cuando yo tengo tiempo y no hay nada programado, me piden la llave y aquí se puede hacer cualquier cosa”, propone.

Cualquier cosa, menos fiestas con música alta y mucho ruido. En La Botería se han propuesto honrar a su manera el legado de Julio y su familia, y eso incluye respetar el vecindario que los acogió durante más de un siglo. “Aquí hay gente muy mayor, hay dos señoras que tendrán... yo qué sé, casi 90 años, y me cuentan anécdotas de cuando venían de jóvenes. Son encantadoras, a veces me traen cosas”, comenta Verónica. Reconoce que sí hubo un día en el que los decibelios subieron más de lo habitual. Fue una tarde en la que surgió un concierto improvisado, con piano, violines y dos contrabajos. “Los mejores músicos del país estaban aquí, pero ese día un vecino se molestó”, recuerda. Por suerte, ya es una más de ellos y sabe cómo actuar en estas situaciones: “Le hice un bizcocho y ahí lo arreglé”.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.