Pregunta. Su libro se publicó en 2013. Ahora llega en español en 2026. ¿El mundo ha cambiado en la dirección correcta o en la contraria?
Respuesta. En la contraria, sin duda. Hay dos cambios enormes. El primero es que el mundo es mucho más solitario, estamos más aislados que antes: ya existía una tendencia de 50 años hacia el aislamiento, pero la pandemia de covid la aceleró de forma brutal; en Estados Unidos estuvimos 18 meses en los que prácticamente solo veíamos a una familia, la nuestra. El segundo es la . Hay un nivel de animosidad partidista que no he visto en toda mi vida. Ambas cosas han dado forma a la vida actual de una manera que provoca que mucha gente sienta que el mundo va a peor. Y yo he sido optimista durante décadas sobre la trayectoria de la humanidad. Los últimos 10 años me han quitado esa certeza.
P. La pandemia forzó a miles de millones de personas al aislamiento. ¿Qué reveló ese experimento sobre lo que le ocurre al cerebro cuando pierde de golpe la conexión social?
R. No necesitamos conexión social para sobrevivir como necesitamos comida o agua, pero sí para estar bien. Lo que la pandemia hizo fue hacernos conscientes de esa necesidad de una forma muy cruda. El efecto inmediato del aislamiento en el cerebro se parece al dolor físico. Pero el efecto a largo plazo de la soledad crónica es que activa el sistema inmune de forma constante, genera inflamación, y esa inflamación se ha asociado con cáncer, enfermedades cardiovasculares y mayor mortalidad. La , en un sentido muy literal, y de formas que no son nada obvias.
P. Tenemos más herramientas que nunca para estar conectados: teléfonos móviles, redes sociales, chatbots, videoconferencias como esta… y, sin embargo,: en España, una de cada cinco personas se siente sola. ¿Qué está fallando?
R. No diría que las tecnologías en sí están empeorando las cosas. Las videoconferencias, por ejemplo, me parecen extraordinarias: cuando Apple lanzó FaceTime, mi hijo pudo ver a sus abuelos, que vivían a miles de kilómetros. La alternativa no era estar con ellos en persona; la alternativa era no tenerlos. El problema real es que tomamos decisiones que nos alejan de nuestros sistemas de apoyo social: nos mudamos a ciudades donde no conocemos a nadie por razones profesionales, y crear una red nueva de amigos cercanos en un lugar desconocido es extremadamente difícil. Además, la videoconferencia puede mantenerte conectado con quien ya quieres, pero no sirve para crear amistades nuevas. Puedo presentarle a alguien con quien sería perfectamente compatible y tendría una conversación amable por Zoom, pero probablemente no volverían a hablar por videoconferencia. No es así como funcionamos.
P. Hay estudios que vinculan. ¿Qué opina de la IA como sustituto de la conexión humana?
R. La IA es el invento más extraordinario que he visto en mi vida. La uso muchas veces al día, pero no como apoyo social, no para conectar. Sin embargo, sé que la generación de mi hijo, los menores de 30 años, la utilizan como fuente de apoyo emocional, y estamos empezando a estudiarlo en mi laboratorio. Que la IA reemplace el contacto con personas reales no es bueno. Las personas son complejas e impredecibles de maneras que la IA no lo es, y esa incertidumbre, aunque a veces dé miedo, es valiosa. Lo que me preocupa es que algunas empresas de IA están optimizando sus productos . Y la pregunta que hay que hacerse es: ¿Están pensando también en cómo asegurarse de que eso ayuda a la gente en lugar de hacerla más dependiente?
P. Usted mencionaba antes la , que ha aumentado enormemente desde que publicó el libro…
R. Es algo que me preocupa profundamente. En Estados Unidos, los análisis muestran que cuando un conservador deja California, un Estado demócrata, tiene el doble de probabilidades de mudarse a un Estado conservador. Lo mismo al contrario. Nos estamos segregando geográficamente según nuestras ideas políticas, y cuando no convives con personas que piensan diferente en tu vida cotidiana, dejan de parecerte parte de tu comunidad. Cuando era niño vivía en un cul-de-sac con 10 casas. Nos conocíamos todos. Algunos eran liberales, otros conservadores, pero eso no importaba: eran parte de nuestra pequeña comunidad. Eso ya no existe en la misma medida. Y lo que me parece realmente peligroso es que hemos convertido la diferencia política en una cuestión moral absoluta. En 1960, más del 50% de los americanos se oponía a que sus hijos se casaran con alguien de otra raza. Hoy ese número es marginal. Pero ahora el 50% dice que no toleraría que sus hijos se casaran con alguien del partido contrario. Eso es nuevo, y es muy preocupante.
P. ¿Hay alguna esperanza o seguimos empeorando?
R. La única esperanza real que puedo señalar es tomar conciencia de que el conflicto real suele ser entre el 10% de un extremo y el 10% del otro. La mayoría de la gente está en el centro, no en el centro exacto, pero cerca. El problema es que los extremos se llevan todo el oxígeno: son los que discuten en redes sociales constantemente, los que tienen más visibilidad. Parecen representarnos a todos, pero no es así. La esperanza está en que esa gran mayoría central tome conciencia de que tiene más en común entre sí que con los extremistas de su propio bando. No veo que eso esté ocurriendo todavía, pero podría ocurrir.
P. En su libro propone algo interesante: reformar la enseñanza y enseñar historia a través de narrativas sobre personas, no de fechas y batallas. ¿Hay evidencia de que funciona?
P. En el libro también argumenta que las empresas infravaloran la conexión social como motor de productividad. ¿El teletrabajo masivo en la pandemia, y , ha demostrado que tenía razón?
R. Mi edificio en la universidad es mucho más un pueblo fantasma que hace 10 años. Los profesores vienen cuando dan clase o tienen una reunión, pero ya casi nadie está allí de 9 a 18. Y con eso se pierden los momentos de serendipia: el encuentro en el pasillo donde alguien te dice “oye, vi una conferencia ayer que creo que te interesaría”, y acabáis pasando una hora en su despacho desarrollando una idea nueva. Eso no ocurre de la misma manera en remoto. En EE UU, los trabajadores han resistido mucho volver a las oficinas, y lo entiendo: puedes trabajar en pijama, ahorras en desplazamientos, y si tu pareja también teletrabaja, podéis comer juntos. Hay beneficios reales. Pero también hay cosas que ocurren cuando las personas se reúnen físicamente que no ocurren de otra manera, y creo que todavía no hemos encontrado la forma de compensarlo.
P. Basándose en todo lo que su investigación muestra sobre cómo el cerebro necesita conexión social, ¿qué consejo práctico daría a alguien que se siente solo o que tiene dificultades para conectar con otras personas?
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
