Una persona, ¿nace o se hace? ¿Qué es más importante para marcar su personalidad, la biología o la educación? Durante siglos, este debate ha dividido a la comunidad científica y también a la sociedad. La curiosidad, la ambición, la responsabilidad o la amabilidad parecen rasgos que se moldean a lo largo de una vida. Sin embargo, la ciencia ya sabe que la personalidad tiene un componente genético gracias a un truco muy sencillo: comparar gemelos idénticos con gemelos mellizos. Si los primeros se parecen más entre sí en su forma de ser que los segundos, es porque algo de ello está en el ADN. Lo que no se sabía era dónde estaba ese algo. Un por un consorcio internacional de investigadores ofrece, por primera vez, una respuesta: han encontrado 1.260 variantes genéticas distintas, 824 de ellas nunca antes vinculadas a la personalidad, repartidas por todo el genoma.
El consorcio internacional de investigadores que ha hecho este estudio pionero ha encontrado esas 1.260 variantes genéticas asociadas “de forma estadísticamente robusta”, dicen, a la personalidad. Esto supone un salto de entre 3 y 43 veces respecto a los estudios anteriores, según el rasgo. Sumadas, esas variantes explican entre un 4,8% y un 9,3% de la variación de cada rasgo entre personas. Es una cifra muy inferior al 40%-60% que apuntan los estudios clásicos con gemelos. Esto significa que el ambiente tiene un peso decisivo en cómo se configura la personalidad.
Sin embargo, y curiosamente, la familia tiene menos relevancia de lo que se podría imaginar. A diferencia de otros rasgos sociales (como el nivel educativo, la renta, la inteligencia), la personalidad apenas está determinada por el ambiente familiar. Cuando los investigadores compararon hermanos entre sí o hijos con sus padres, los efectos genéticos se mantuvieron prácticamente idénticos a los observados en la población general. “Es de las cosas que más me ha sorprendido”, admite y uno de los autores principales del estudio. “En el nivel educativo vemos una correlación clara entre los genes que influyen en la educación y los ambientes que la favorecen: los hijos de padres con más estudios heredan ciertos alelos, pero también van a mejores colegios, porque sus padres tienen más recursos e invierten en ellos. Para la personalidad, ese efecto casi no existe”, explica.
El estudio no se queda en el genoma, sino que cruza esas variantes con decenas de comportamientos reales. Algunos resultados son llamativos. Las personas con más variantes ligadas a la apertura a la experiencia tienden a mudarse, ya en la mediana edad, a barrios urbanos y cosmopolitas; las que puntúan más alto en responsabilidad se mudan hacia zonas residenciales acomodadas. La apertura se asocia con más actividad nocturna, y la responsabilidad, con más actividad diurna. La responsabilidad se asocia con menos tabaquismo y menor índice de masa corporal.
De los cinco rasgos que marcan la personalidad, la amabilidad es la más problemática de analizar: los investigadores han encontrado menos correlaciones genéticas entre países y, también, que es un rasgo menos heredable. Nivard ofrece una posible explicación: puede que “amable” no signifique lo mismo en todas partes. “Yo soy holandés, y somos muy directos. En otras culturas, esa misma franqueza podría percibirse como una falta de amabilidad”, razona. Es, según explica, la primera vez que la genética permite comprobar objetivamente si dos culturas están midiendo lo mismo cuando usan la misma palabra.
Otro resultado contradice buena parte de la investigación previa: los perfiles genéticos asociados a la apertura a la experiencia se correlacionan con mayor riesgo de psicopatología en general, algo que los estudios clínicos anteriores no habían detectado con tanta claridad. Nivard no tiene una teoría cerrada: “Es fascinante, pero no sé qué significa todavía”. Baraja como posible explicación que las personas abiertas a nuevas experiencias participen más en este tipo de estudios, incluso padeciendo algún trastorno, lo que podría sesgar ligeramente la muestra. Es una hipótesis que, advierte, queda pendiente de comprobar.
El estudio insiste en que la vieja pregunta de “naturaleza o crianza” ya no tiene sentido plantearla como una disyuntiva. Nivard recurre a una comparación: en un estudio genético sobre el cáncer de pulmón, la variante más asociada a la enfermedad está en el gen del receptor de la nicotina, aunque nadie discute que fumar es la causa, y es ambiental. Según Pita, “en todo lo que tiene que ver con la personalidad siempre van a jugar un papel los dos factores; hablar solo de uno o de otro es un debate superado”. Nivard coincide y cree que seguir enfrentando genes y ambiente es “anticuado, aunque es lógico que a mucha gente todavía le resulte intuitivo: es lo que aprendimos en el instituto”.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
