De nuevo, los medios están haciendo su labor para seguir regando y manteniendo en la que vivimos. Ensalzan y aplauden estos cuerpos como ideales de belleza, y los cánones estéticos nos remontan a los 2000, donde se impuso la llamada “talla cero” y la tendencia de los 90, el “heroin chic”. Esa tendencia en la que las modelos lucían y con aspecto de haber consumido cocaína, pero nos lo vendían como salud.
Cuando revelaban sus “”, confesaban que dormían ocho horas, bebían dos litros de agua y comían sano. Al tiempo, casi veinte años después, muchas de ellas han reconocido que tuvieron problemas con el consumo de drogas y/o alcohol y trastornos alimentarios.
He leído con estupor y mucha rabia cómo se alababa que una mujer de 62 años desayune media taza de agua con avena para alcanzar ese aspecto, aun sospechando que esa ingesta, más propia de un pajarito, tiene que ver más con el uso de que con una elección genuina.
También he leído, en esta misma mujer, que sus brazos totalmente desprovistos de masa muscular eran el ejemplo perfecto de la tonificación en la edad adulta. Y, por supuesto, nos han ofrecido una ristra de consejos para conseguirlos.
En un mundo en el que en el cuerpo de las mujeres y la juventud por encima de la salud es normal que mujeres que lo han conseguido todo, como presentadoras de prime time en Estados Unidos, se planteen también el uso de esta medicación, porque al final lo más importante “es ser delgada”. La delgadez sigue causando admiración: se la viste de moralidad, de fuerza de voluntad, de autocuidado y de amor propio, cuando solo es una condición física más.
Todos estos casos que expongo no son críticas hacia ellas; , como lo somos todas, de un sistema que nos quiere delgadas y jóvenes, lo cual nos impide vivir. Quizás podemos ser delgadas de por vida, aunque el cuerpo obviamente va a cambiar. No podemos tener el mismo cuerpo a los 40 que a los 20, lo cual será criticado también, pero ¿y la juventud? Estar vivas ya nos la impide.
En ese imaginario . No caben la celulitis, ni las estrías, ni el vello corporal más allá del de las piernas. Cualquier detalle del cuerpo normal de una mujer, como puede ser la , se convierte en un defecto físico a tratar.
De hecho, esto lo introdujo la revista Vogue, en su edición francesa, en 1948, y a partir de entonces empezaron a vender productos anticelulíticos y tratamientos para disimularla, para hacerla desaparecer. Ser mujer es el factor determinante para , ya que el 95 % de nosotras, a partir de la menarquia, la tenemos. Es así como se va señalando y borrando lo que es normal en el cuerpo de una mujer adulta, y se sustituye por el de una chica joven, blanca y delgada.
Veo desde mi consulta cómo crecen los desde la pandemia; cada vez aparecen en edades más tempranas. Atiendo a niñas de trece años aterrorizadas ante un plato de pasta, que hacen operación bikini y que creen que comerse una magdalena es darse un atracón. Además, hay un repunte de trastornos en mujeres de entre 40 y 50 años. Porque sí, los TCA no son solo cosa de adolescentes; ser adolescente es un factor de riesgo, pero ninguna edad se escapa a esta enfermedad. En un momento corporal y emocional altamente vulnerable, atravesado por la perimenopausia y menopausia, de nuevo se impone esta delgadez.
La delgadez que antes se conseguía matándose de hambre y haciendo dietas estrictas y absurdas ahora ya no hace falta, porque nos han desprovisto de la señal de vida más primitiva: el hambre.
Para las que pasamos de los 40, esto no es nuevo, ya lo vivimos en los 2000, pero resulta tremendamente irónico que ahora, a esta edad, volvamos a sentir lo mismo, sobre todo cuando nuestro cuerpo está cambiando de manera natural. Ahora nos lo envuelven en salud, lo que hace que sea más difícil de detectar: te hablan de , de autocuidado, de directo al bolsillo del que lo promociona, pero en el fondo lo que hay es, de nuevo, delgadez.
Por eso es importante que, frente a toda esta oleada de delgadez y de canon estético imposible, nos protejamos y, sobre todo, protejamos a las demás. Que podamos proteger especialmente a nuestras pequeñas: a hijas, sobrinas, primas o, si nos dedicamos a la educación o a la sanidad, a las niñas con las que trabajamos. Ser un ejemplo de , aunque este no nos guste. Difícil gustarse cuando desde niñas nos enseñan a odiarlo y a convertirlo en un campo de batalla.
Necesitamos informarles de que su cuerpo no tiene que ser delgado para ser saludable, de que lo más importante del cuerpo es y de que el cuerpo no está hecho para que nos admiren ni para que nos elijan. No somos objetos. Debemos ponerlas en el centro de su vida, y no bajo la mirada del otro.
Debemos convertirnos en las dueñas de nuestro propio cuerpo, porque desde la parte estética, pero también desde la salud, al equiparar salud con delgadez, nos han desprovisto totalmente de él. Como si nuestro cuerpo fuera algo ajeno a nosotras, constantemente modificable a su antojo a través de la comida y el ejercicio.
Por tanto, tenemos una labor importante: tenemos que protegerlas de esta avalancha de delgadez vestida de salud, que no es más que un mecanismo de control sobre nosotras. En un momento donde la lucha feminista ya no se cuestiona, de nuevo nos quieren débiles, sin fuerzas y totalmente obsesionadas con nuestro cuerpo. El tiempo que gastamos en sentirnos insatisfechas corporalmente, el dinero y la energía que empleamos en los productos para corregir “los defectos” que la propia industria nos crea, no lo empleamos en pelear .
Naomi Wolf, en su libro El mito de la belleza, decía: “Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres, está obsesionada con . La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil”.
Nuestro cuerpo es nuestra casa, y es lo que hay que transmitir a nuestras pequeñas. Porque, por muchas mudanzas que hagamos, nuestro cuerpo es la única casa de la que no nos vamos a poder ir.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
