A pesar de décadas de investigación, todavía no existe un tratamiento curativo de la enfermedad de Alzheimer. Hoy por hoy, mantener a los pacientes activos y sigue siendo lo más efectivo. En este contexto de vacío terapéutico, los fármacos antiamiloides, que actúan eliminando del cerebro la proteína beta amiloide característica de la enfermedad, han despertado grandes expectativas en los últimos años. Sin embargo, una reciente revisión sistemática Cochrane ha puesto en cuestión su utilidad real. Analizamos aquí qué aporta esta revisión, profundizamos más en alguno de sus aspectos y apuntamos sus posibles implicaciones.
Las revisiones sistemáticas son una síntesis crítica de los estudios disponibles con el mejor diseño, en este caso ensayos clínicos aleatorizados, para responder una determinada cuestión. Si están elaboradas con rigor e independencia, proporcionan la mejor evaluación posible y ofrecen una información completa y fiable. Para concluir que un medicamento es beneficioso, además del correcto diseño de los estudios incluidos, las revisiones deben evaluar sus efectos tanto favorables como desfavorables basándose en criterios previamente validados.
En la mencionada revisión, se analizaron 17 ensayos con más de 20.000 participantes con deterioro cognitivo leve o demencia leve debida a la enfermedad de Alzheimer. Su conclusión principal fue que, tras 18 meses de tratamiento, los anticuerpos monoclonales antiamiloides probablemente no producen una diferencia apreciable en el deterioro cognitivo, la gravedad de la demencia o la capacidad funcional general. Solo se observa un potencial efecto pequeño en algunas actividades de la vida diaria mientras que al mismo tiempo, estos fármacos pueden aumentar de forma considerable el riesgo de efectos adversos, como el edema cerebral o las microhemorragias detectadas en pruebas de imagen. Además, los datos a medio y largo plazo son todavía limitados y la notificación de efectos adversos no siempre ha sido completa.
Como era previsible, esta revisión ha recibido diversas críticas. La más destacada sin duda ha sido que agrupa fármacos muy distintos, incluyendo moléculas antiguas que fracasaron junto a otras más recientes como lecanemab y donanemab. Ahora bien, aunque estos últimos medicamentos han demostrado cierto efecto ralentizador sobre la progresión de la enfermedad, la cuestión clave no es si producen algún efecto sino si ese efecto es perceptible en la vida de los pacientes. Aquí entra en juego un concepto fundamental en Medicina: la diferencia mínima clínicamente relevante, es decir, el umbral a partir del cual un cambio es significativo para los pacientes y/o sus familias. Aunque estos umbrales y las formas de medir los resultados son objeto de debate en la investigación sobre el alzhéimer, la revisión sistemática que nos ocupa se basa en los criterios más ampliamente utilizados hasta la fecha.
Bajo esta perspectiva, las mejoras obtenidas en los dos ensayos recientes de lecanemab y donanemab se situaron sistemáticamente por debajo de lo que comúnmente se considera un beneficio real en el día a día de los pacientes. En otras palabras, es posible que estos tratamientos ralenticen el deterioro cognitivo pero lo hacen de forma tan leve que difícilmente sería perceptible para quienes viven con la enfermedad o para sus familias. A ello se suma la necesidad de controles frecuentes mediante resonancia magnética para vigilar sus efectos adversos.
Por todo ello, los resultados actuales invitan a la prudencia sobre la potencial introducción y uso de estos tratamientos en la práctica clínica pues hasta la fecha han mostrado una eficacia limitada para reducir la gravedad de los síntomas de la demencia, al tiempo que pueden causar efectos adversos no despreciables. Sin embargo, todos los datos disponibles corresponden a un seguimiento de 18 meses, un horizonte temporal que puede ser corto para una enfermedad como el alzhéimer. Por tanto, aún es necesario conocer mejor su potencial impacto a medio y largo plazo y poder establecer si sus beneficios realmente compensan sus efectos adversos y en relación a sus elevados costes.
En conclusión, el reto científico actual en relación a la enfermedad de Alzheimer es seguir impulsando las diversas líneas de investigación abiertas, incluida la de los medicamentos antiamiloides. Pero al mismo tiempo, es imprescindible garantizar el acceso de los pacientes a servicios sociosanitarios de calidad, mejorar la cobertura efectiva del sistema de atención a la dependencia y apoyar de forma real a los cuidadores informales, quienes siguen asumiendo una gran parte de la carga asistencial. Solo en España hay más de 800.000 personas y familias que necesitan este tipo de apoyos.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
