Hay gente que no ve el mar hasta que tiene . ¿Qué debe sentir una persona al descubrir un azul tan infinito? Igual es algo similar a ver el cielo por primera vez. Hay gente que vive lejos del mar, pero nadie vive lejos del cielo, así que lo damos un poco por descontado. Somos como los peces que se preguntaban el uno al otro qué demonios es el agua. Y así, hemos normalizado algo tan alucinante como la cúpula celestial, el trozo de universo que atisbamos desde nuestro rinconcito galáctico, por el simple hecho de verlo todas las noches.
La costumbre hace que normalicemos cosas extraordinarias. Asumimos como cotidiano lo que un día nos pareció maravilloso. Se nos acaba el asombro. Es algo de lo que se dan cuenta muchos padres al tener que explicar a sus hijos el mundo por primera vez, porque para ellos todo es nuevo y la vida aún no les ha empezado a gastar. Contar a un niño por qué cae agua del cielo, la lluvia convertida en un cuento. Explicarle que un arcoíris no es del todo real, por qué los horizontes no se pueden alcanzar y que algunas brillantes estrellas ya están, en realidad, muertas. Volver a descubrir el mundo, una segunda vez, a través de sus ojos.
Lo explicó (1907-1964), madre del ecologismo moderno, en su libro La primavera silenciosa. “Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos”. Más allá de revelar las agresiones humanas a la naturaleza, este fue uno de los grandes legados de Carson, poner nombre a una emoción que habíamos ignorado durante mucho tiempo.
El asombro es esa sensación de éxtasis y sorpresa que surge al enfrentarse a algo que nos sobrepasa. “Es aquello que experimentamos ante algo grande, que trasciende nuestra comprensión del mundo”, explica Dacher Keltner, profesor de Psicología de la Universidad de Berkeley y director del Social Interaction Laboratory. Su definición tiene cierto valor, pues Keltner lleva más de 20 años investigando este sentimiento. Tanto como para escribir un libro entero sobre él (, sin traducción al español). “El asombro había sido ignorado porque, en el campo de la ciencia de las emociones, la investigación se centraba principalmente en aquellas más negativas como la ira y el miedo”, explica el experto. Su trabajo en este sentido fue pionero.
“Esto explica sus ventajas evolutivas”, explica Kaltner. En los humanos, señala, la supervivencia está estrechamente ligada a la vida en comunidad. No somos animales particularmente fuertes o veloces, pero trabajamos en equipo muy bien. Ser más amable, más empático y cooperativo, por lo tanto, es importante: podría habernos ayudado a prosperar como especie.
Stamkou estudia el asombro en niños porque son quienes lo tienen más reactivo. A diferencia de los adultos, que habitamos el mundo en modo explotación (buscando eficiencia y metas), los niños navegan la realidad en un modo de exploración constante, investigando las posibilidades de su entorno con asombro. Es lo que explica, que sostiene que los bebés y niños pequeños utilizan mecanismos cognitivos similares a los científicos: observan, practican experimentos a través del juego y actualizan sus creencias basándose en la evidencia.
“Tenemos la capacidad de asombrarnos a cualquier edad. Otra cosa es que los niños se sorprendan con más facilidad porque desconocen el mundo donde viven, lo están descubriendo”, explica , biólogo genetista especializado en neurología del desarrollo. Los adultos tenemos los puntos de referencia para navegar en situaciones que hemos vivido muchas veces. Vamos acumulando experiencia y conocimientos y con ello igual perdemos capacidad de sorprendernos, señala el experto. “Otra cosa es que a veces perdemos más capacidad de asombro de la necesaria”.
Es inevitable hacer una lectura sociológica de este entumecimiento colectivo. Si el asombro nos hace más empáticos, su ausencia podría llevarnos a un mundo de egoístas. Es lo que lamenta Keltner: “Estamos en un momento álgido de individualismo transaccional, donde nuestra principal motivación es la satisfacción del deseo y el ascenso social, donde todo se puede vender y el individuo es la unidad social más importante, por encima del vecindario, la familia, la comunidad o la cultura”. Todo esto desemboca en lo que el filósofo estadounidense denominó egoísmo mezquino. “No hay mejor ejemplo que : un abandono total de la compasión y la preocupación moral básica”, concluye Keltner.
“El asombro a menudo se malinterpreta como la observación de algo raro y espectacular”, reflexiona Stamkou. “Pero también puede estar presente en la vida cotidiana si le damos cabida”. Solo habría que imitar esa capacidad infantil de exploración, detenerse frente a algo que los adultos ignorarían, guardar silencio y simplemente contemplar. La perfección efímera de una pompa de jabón, la atracción hipnótica del fuego. Los pequeños misterios del mundo cotidiano. “No se trata solo de qué miramos, sino de cómo miramos”.
Decía Aristóteles en su que la filosofía nace del asombro o admiración ante lo desconocido. Que este sentimiento impulsa a las personas a investigar, a superar la ignorancia y buscar el conocimiento por placer, no por su utilidad práctica. Porque el asombro no es una respuesta, sino una pregunta.
Esa es una de las razones por las que reivindicarlo es hoy tan importante: en un mundo acelerado y lleno de distracciones, los momentos de asombro pueden ampliar nuestra perspectiva, hacer que nos cuestionemos, suavizar nuestro egocentrismo y recordarnos que somos parte de algo más grande que nosotros mismos.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
