En el Open de Australia de este año 2026, se pudo ver al tenista español Carlos Alcaraz quitarse, en pleno partido, una pulsera inteligente que monitorizaba variables como la frecuencia cardíaca, la respiración, la temperatura o la calidad del sueño. En el deporte profesional es común el uso de datos e indicadores que permitan tomar mejores decisiones. Sin embargo, a veces se plantea el dilema de si más datos permiten entrenar y competir mejor. Este planteamiento también es muy relevante para la población en general. En la actualidad, cualquier persona puede registrar muchos datos mientras camina, corre o va al gimnasio, pero sin un valor claro de su utilidad, la abundancia de información puede derivar en todo lo contrario: entrenamiento inadecuado o, lo que es peor, la imposibilidad de controlarlo todo.
Teniendo en cuenta a la población en general, la clave no está en cuántos datos se recogen, sino en cuáles realmente ayudan a tomar mejores decisiones sobre nuestras sensaciones, cuándo apretar, cuándo mantener el ritmo y cuándo frenar, pero también cuándo podemos estar en un momento en el que necesitamos descanso o cambios en nuestras rutinas de entrenamiento.
Uno de los indicadores más útiles en el entrenamiento es , conocida como RPE en sus siglas en inglés (Rate of Perceived Exertion) o escala de Borg. Este indicador se ha utilizado durante décadas para valorar la intensidad del esfuerzo de la persona durante el ejercicio o en una sesión usando una escala del 0 al 10. Este número refleja de manera como la frecuencia cardíaca o el consumo de oxígeno, incluso en personas no entrenadas. De manera inversa a la RPE nos encontramos con la TQR, escala de recuperación percibida (Total Quality Recovery), que permite valorar cómo de recuperada se siente la persona antes de volver a entrenar. Un tercer indicador sería la calidad del sueño, que con una escala de 0-10 podemos valorar el sueño de la noche anterior y que ayuda a poner en contexto el entrenamiento dentro de la vida diaria. La realidad es que estos valores permiten identificar patrones, por ejemplo, un esfuerzo alto, mala recuperación y una mala calidad del sueño suelen estar relacionados.
Un aspecto importante de estas mediciones es la sencillez en su registro, ya sea en clases colectivas, caminar rápido, correr, nadar, montar en bicicleta, o la práctica deportiva. Solo es necesario anotar el esfuerzo percibido de la sesión, su duración y la sensación de recuperación antes del siguiente entrenamiento. También se puede incluir la frecuencia cardíaca como una referencia flexible (debido a su elevada variabilidad individual), no como un objetivo rígido. La combinación de la duración del ejercicio con también permite estimar de manera fácil la carga interna (U.A.: unidades arbitrarias) de entrenamiento diario (por ejemplo, una RPE de 10 en una sesión de 60 minutos supondría una carga de 600, mientras que una RPE de 9 en una sesión de 90 minutos supondría una carga de 810), un enfoque validado y ampliamente utilizado en diversos contextos.
Es importante recordar que , aunque puedan parecerse. Dos días de ejercicio similar pueden generar pulsaciones diferentes según el estrés, el sueño, la hidratación o la fatiga acumulada. En esos casos, la percepción subjetiva del esfuerzo ayuda a entender por qué el cuerpo reacciona de forma distinta. No se trata de elegir uno u otro, ni de que uno sea “mejor” que el otro, sino que la combinación de ambos proporciona una mejor comprensión de lo que está ocurriendo.
En el entrenamiento de fuerza o gimnasio, estas mismas variables siguen siendo útiles, pero es importante añadir una idea clave para evitar un error común, que es entrenar siempre hasta el límite. En este contexto aparecen las repeticiones en reserva, que indican cuántas repeticiones más se podrían haber hecho al final de una serie. Conocer esos valores no es quedarse corto, sino entrenar con un margen suficiente para progresar sin acumular fatiga innecesaria. La en la fuerza y la masa muscular.
Otra forma sencilla de interpretar estos datos es . La carga aguda nos indica lo que se ha entrenado en los últimos días, mientras que la carga crónica, lo que el cuerpo ha ido tolerando durante semanas. Comparar ambas nos ayuda a entender mejor la fatiga acumulada y el riesgo de sobrecarga. Pensemos en dos situaciones comunes. En la primera, una persona atraviesa una semana especialmente estresante y decide entrenar intensamente casi a diario para despejarse. En pocos días, acumula varias sesiones exigentes. La carga reciente se dispara, pero el cuerpo no está preparado. Aparecen señales claras: el esfuerzo se siente alto incluso en sesiones suaves, la frecuencia cardíaca está más alta de lo normal y la sensación de recuperación es baja. Aquí, no es necesario seguir de manera intensa, sino que se debe reducir la intensidad o descansar uno o dos días como la mejor opción.
En la segunda situación, no hay semanas extremas, pero durante un mes se repiten entrenamientos similares sin apenas variaciones. Poco a poco, se acumula la fatiga y la recuperación nunca es completa. El resultado es el estancamiento y el cansancio persistente. En este caso, el cuerpo no pide parar, sino reorganizar nuestras rutinas, introducir días más suaves o reducir el volumen durante un tiempo.
Este enfoque es especialmente relevante para quienes hacen ejercicio por salud o bienestar. Muchas personas entrenan al final de días ya llenos de trabajo, estrés o responsabilidades. Esa fatiga no aparece en ninguna aplicación, pero influye en cómo se asimila el ejercicio. Por eso, lo que ocurre fuera de él. De hecho, la evaluación subjetiva del sueño ha demostrado ser sensible para detectar estados de fatiga y recuperación, incluso cuando no se utilizan medidas objetivas.
Además, hay una variable a menudo pasada por alto que es la densidad del trabajo, es decir, cuánto se descansa entre esfuerzos. Dos sesiones pueden durar lo mismo y sentirse igual de duras, pero ser muy distintas si una permite recuperar y la otra no. A veces, entrenar mejor no significa entrenar menos, sino descansar un poco más.
Para la mayoría de las personas que se ejercitan, mejorar no consiste en soportar más fatiga, sino en aprender a gestionarla. Escucharse y conocerse es importante. Evaluar el esfuerzo, considerar la recuperación, tener en cuenta el sueño o usar la frecuencia cardíaca como referencia flexible no significa entrenar menos, sino entrenar de manera más inteligente con un objetivo claro de salud y bienestar.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
