La cigüeña que trajo al mundo a la pequeña Roma Blum, de dos años y medio, no vino de París. Vino del laboratorio. En concreto, de la unidad de del Hospital Sant Pau y la Fundación Puigvert. Su madre, Victoria Blum, de 41 años, tenía 37 cuando tomó la decisión de tener un bebé sola. Le llevó tiempo y algún quebradero de cabeza, pero tras cuatro intentos de inseminación artificial y dos fecundaciones in vitro (FIV), llegó Roma. La pequeña es una más de ese millar de niños que han nacido en la última década en el centro gracias a un plan pionero que puso en marcha Cataluña en 2016 para abrir su programa público de reproducción asistida a mujeres sin pareja masculina. Antes de esa fecha, en la, las mujeres solas y parejas lesbianas que querían ser madres tenían que recurrir a la sanidad privada. “Es un servicio muy necesario. No sé si hubiese podido hacerme cargo de tantos intentos en la privada”, reflexiona ahora Blum.
No hace tanto tiempo, la orientación sexual de una mujer o su situación afectiva (si estaba en pareja o no) eranpara acceder a las técnicas de reproducción asistida dentro de la sanidad pública. La ley reconocía su derecho a recurrir a estos tratamientos, pero en la práctica, las técnicas de medicina reproductiva en la red pública para parejas heterosexuales con problemas de fertilidad. O, dicho de otra manera, como no se consideraba que mujeres sin pareja masculina tuviesen un problema médico de esterilidad, se las excluía del acceso a estas técnicas en la pública. Pero en 2016,dio un giro de timón al implementar un plan innovador: “Sea cual sea la demanda, nosotros la cubriremos. Estamos hablando de un derecho”, dijo el entonces consejero de Salud del Govern catalán, Toni Comín.
Era el principio de un cambio de paradigma que luego reprodujeron otros centros españoles y hoy ya replican el resto de comunidades, cuenta Ana Polo, directora del Servicio de Medicina Reproductiva de la Fundación Puigvert-Hospital Sant Pau. “Todo surge después de aprobarse una ley en el Parlament en 2014 que garantizaba los derechos a la comunidad LGTBI. A partir de ahí, se crea por primera vez un programa estructurado y ordenado, con un protocolo de estudio previo individualizado, para incorporar de forma efectiva a mujeres solas y parejas de lesbianas”.
El acceso a la reproducción asistida pública de mujeres sin pareja masculina estuvo lleno de bandazos. En la primera década de los 2000, era “caótico y arbitrario”, cuenta Polo. Cada hospital en cada comunidad era un mundo. Unos más flexibles en la interpretación de la norma, otros menos. Andalucía incluso en 2008 a garantizar el acceso a todas las mujeres. Pero con la crisis económica y los tijeretazos en sanidad, el Gobierno de Mariano Rajoysolo a parejas heterosexuales con problemas de fertilidad. Algunas comunidades anunciaron que se saltarían el veto y en ese contexto de convulsión política, Cataluña pisó el acelerador con su programa innovador. En 2021, el Ministerio de Sanidad publicó que garantizaba el acceso a la reproducción asistida en el Sistema Nacional de Salud a mujeres sin pareja masculina y personas transexuales con capacidad de gestar.
“La sanidad pública se ha adaptado a los cambios sociales y ha apostado por permitir a todo este colectivo el acceso a técnicas de reproducción asistida sin tener que recurrir a un centro privado. Y se han logrado muy buenos resultados después de todo lo que hemos aprendido”, reflexiona Polo. Como su unidad tenían un banco de semen propio, se convirtió en el centro de referencia en Cataluña para estos colectivos.
En esta década, el equipo de Sant Pau-Fundación Puigvert ha atendido a unas 1.700 mujeres solas o parejas lesbianas y han nacido más de un millar de niños. “Era una demanda social”, insiste Polo. En su centro, la media de edad de petición en este colectivo son 35,2 años (41 es la edad límite en la pública).
Desde su despacho, Polo echa la vista atrás y rememora cómo ha sido este viaje y el proceso de aprendizaje que les ha acompañado. “Al principio, no teníamos idea de cuántas mujeres nos iban a venir. Empezamos a tener 50 peticiones al mes, pero nuestro servicio no estaba dimensionado para acoger a tantas pacientes. En dos años, se generó un cuello de botella en las primeras visitas y nos inventamos una solución organizativa innovadora que eran las visitas grupales: llamábamos a unas cuantas mujeres y les preparábamos una sesión para explicarles el programa”. No era una cita obligatoria, podía esperarse a las visitas personalizadas, pero la iniciativa tuvo éxito y desatascó la puerta de entrada, cuenta.
Durante esos primeros meses, también tuvieron que ir armando el protocolo de actuación. En las primeras versiones, relata Polo, la premisa era que estas mujeres no tenían problemas de esterilidad y acordaron que no se les haría un estudio básico de fertilidad ni tratamientos de estimulación ovárica previos a someterse a la inseminación artificial.
Ese era el plan inicial, pero la experiencia y la evidencia obligaron a repensar los protocolos de actuación. En parejas heterosexuales, la tasa de éxito de la inseminación artificial era del 20%; sin embargo, en el nuevo colectivo que acababan de incorporar apenas llegaba al 6%. Al analizar la situación, el equipo médico puso el foco en factores que podrían estar condicionando la fertilidad, como la edad. “Vimos que el 40% de nuestras mujeres tenían más de 38 años. También el sobrepeso afecta al resultado y el 15% de las pacientes tenían obesidad. La endometriosis está presente en el 15% de todas las mujeres, independientemente de que tengan pareja femenina o masculina, y [antes, síndrome de ovario poliquístico] afecta a una de cada ocho mujeres; y también sabemos que hay un 10% de las mujeres que tendrá una baja reserva ovárica inesperada", enumera Polo. Todo eso podía estar jugando un papel en los resultados. Y más cosas: se presumía que las pacientes no tendrían problemas en las trompas y, en efecto, el bloqueo era inferior a la población infértil, pero aún así, entre un 5% y un 10% tenían alteraciones en estos conductos.
Ese conocimiento adquirido tras las primeras experiencias hizo replantear la necesidad de hacer también a este colectivo un estudio básico de fertilidad y pruebas para ver cómo estaban las trompas. También se propuso incorporar la estimulación ovárica antes de la inseminación para mejorar los resultados. “Haciendo todo esto volvimos a estar en tasas de éxito del 20%”, celebra Polo.
El programa empezó con inseminación artificial, pero a medida que se consolidaba, se incorporó también la opción de fecundación in vitro según indicación médica (a partir de los 38 años, la paciente elige si quiere inseminación o FIV). Esta técnica, más compleja, tiene una lista de espera de más de un año en el servicio de Sant Pau-Fundación Puigvert y la tasa de éxito, aunque es muy variable según la edad, está de media entre el 35% y el 40%.
Victoria Blum, la madre de Roma, llegó a este programa por el boca a boca entre amigas. La atendieron “relativamente rápido”, recuerda, pero el proceso se prolongó. Incluso a pesar de que ella estaba aparentemente sana y “el pronóstico era optimista”. Roma llegó tras la segunda FIV. “Es un proceso complicado. Es un camino que al principio ves muy luminoso y se va haciendo más oscuro con cada intento fallido. Tienes que ir gestionando el ánimo”, admite Blum.
Polo recuerda que el éxito de las técnicas de reproducción asistida depende de la edad: “Eso de ‘me haré una FIV y me quedaré embarazada’, no es verdad. Según tu franja de edad y cuáles sean tus problemas, vas a tener más o menos posibilidades de quedarte embarazada”.
Ahora bien, con los nacimientos a la baja y cada vez más mujeres con problemas para embarazarse debido al retraso en la maternidad, los avances en medicina reproductiva sí se han consolidado como un flotador demográfico. Al servicio del Sant Pau-Fundación Puigvert llegan ahora unas 80 peticiones mensuales de mujeres sin pareja masculina. “Con este programa no vamos a resolver la natalidad, pero es un eslabón más para que siga creciendo”, defiende Polo.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
