¿Intolerancia a la incertidumbre? Claves para identificar y aprender a convivir con el miedo a no saber | Vive Saludable

¿Intolerancia a la incertidumbre? Claves para identificar y aprender a convivir con el miedo a no saber

¿Intolerancia a la incertidumbre? Claves para identificar y aprender a convivir con el miedo a no saber

Una persona envía un mensaje y se queda mirando el móvil . Pasados unos segundos, lo guarda en el bolsillo. Pasan cinco minutos y lo vuelve a mirar. Diez, lo mismo. Media hora, otra vez. No hay respuesta y esa espera activa un mecanismo mental que seguramente les suene a muchos. “¿Habré hecho algo mal?”, “Mi mensaje estaba bien, ¿no?”, “¿Le habrá pasado algo?”. El cerebro del que espera comienza a elaborar teorías más o menos descabelladas para intentar explicar el silencio, para rellenar el molesto hueco que crea en su interior.

Ese breve espacio de tiempo nos resulta profundamente incómodo. Es un estado de suspensión que la mayoría intentamos cerrar cuanto antes y de la forma que sea. En psicología clínica, ese impulso tiene un nombre: intolerancia a la incertidumbre. Y cada vez se considera más relevante para explicar muchos de los problemas de salud mental contemporáneos.

Los psicólogos utilizan el término intolerancia a la incertidumbre para describir una característica de la personalidad que consiste en experimentar las situaciones ambiguas como amenazantes y reaccionar ante ellas con malestar emocional, preocupación o conductas de evitación. Este rasgo como un factor clave en la preocupación crónica y en el trastorno de ansiedad generalizada. Con el tiempo, la investigación ha mostrado que su alcance es mucho mayor.

Es el caso del psicólogo R. Nicholas Carleton, que en trabajos publicados en (2012) y (2016) planteó que la intolerancia a la incertidumbre podría ser un factor de vulnerabilidad transversal, una base común que estaría presente en casos de ansiedad, depresión, el trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos alimentarios y una amplia gama de otros trastornos emocionales. Carleton afirma que el miedo a lo desconocido podría no ser simplemente un miedo fundamental, sino posiblemente el miedo fundamental que subyace a la ansiedad y la inestabilidad emocional. Como el mismo autor decía en su estudio, el miedo a lo desconocido sería, parafraseando El Señor de los Anillos: “Un miedo para gobernarnos a todos”. Todos los miedos, desde el terror a las arañas hasta el miedo a la muerte, serían en realidad solo uno: el miedo a lo desconocido.

Cuando sufrimos de esta intolerancia a la incertidumbre, el cerebro despliega diferentes mecanismos para intentar protegernos de ella. El primero es la explicación prematura. Si alguien no responde a un mensaje, hay quien concluye que esa persona está enfadada o que le ha pasado algo horrible y está en el hospital. Si una reunión termina con un resultado ambiguo, muchos lo interpretarán como un fracaso. Estos relatos, aunque no tienen por qué confirmarse después, sirven para reducir la incertidumbre en el corto plazo.

La segunda estrategia consiste en externalizar la experiencia emocional. En lugar de procesar una situación con nuestros propios medios, buscamos inmediatamente la opinión de otra persona. Preguntas como: “¿Estoy exagerando?” o “¿Qué harías tú?” pueden funcionar para calmarnos, tomando prestada la certeza de los demás o, en los últimos tiempos, .

El tercer mecanismo es la distracción, que es el más común y hoy . Cuando nos vemos acosados por la incertidumbre, nos sumergimos en la pantalla del smartphone y chequeamos aplicaciones de manera casi automática, como las redes sociales o el correo electrónico. Lo que sea por distraernos unos momentos.

Durante gran parte de la historia de la humanidad, los humanos nos hemos visto obligados a convivir con la incertidumbre. Imaginemos que en la Edad Media alguien sentía un dolor en su costado. Lo más probable es que no tuviera forma alguna de consultar a un médico y, por supuesto, no podía buscar sus síntomas en Google. Nuestros antepasados se veían obligados a convivir con la posibilidad de estar sufriendo de una enfermedad durante semanas, meses o años. Ahora, ese intervalo de tiempo casi ha desaparecido. El teléfono móvil, las redes sociales y los buscadores ofrecen una respuesta inmediata () a casi cualquier pregunta.

Ese acceso constante a la información ha modificado la manera en la que el cerebro se relaciona con la incertidumbre. descubrió que las personas con mayor intolerancia a la incertidumbre presentan también más probabilidades de desarrollar un uso problemático del smartphone. Es decir, el teléfono se ha convertido para muchas personas en una salida inmediata. Cada vez que aparece una sensación de duda, aburrimiento o inquietud, la mano de la mayoría acude al teléfono móvil para llenar el vacío. Con el tiempo, según los expertos, ese hábito puede tener un efecto multiplicador: cuanto más se utiliza el móvil para aliviar la incomodidad, menos capacidad tenemos para tolerarla.

Aguantar la incertidumbre no es, ni ha sido nunca, algo sencillo. Implica tolerar el malestar emocional sin tratarlo como una emergencia. Supone aceptar que una situación quede abierta sin alterarnos, y eso exige altos niveles de autorregulación para resistirse a los comportamientos que ofrecen cierto alivio, aunque sea ficticio.

Nuestro cerebro está programado para interpretar la ambigüedad como una amenaza, desencadenando mecanismos de preocupación, rumiación y distracción, además de la búsqueda compulsiva de información. cumplen en estos casos una función psicológica particular: ofrecen la sensación de estar haciendo algo ante una situación incierta. , estos mecanismos crean la ilusión de preparación o control. Además, como los escenarios catastróficos que imaginamos rara vez ocurren, la mente tiende a atribuir su ausencia al hecho de habernos preocupado. De esta forma, se refuerza el ciclo: la incertidumbre genera preocupación, la preocupación parece proteger, y la tolerancia a la incertidumbre se debilita cada vez más.

En una carta escrita en 1817 a sus hermanos George y Tom, el poeta John Keats ya introdujo el concepto de “capacidad negativa”. Con esta expresión, el autor de Oda a un ruiseñor se refería a una cualidad que, según él, distinguía a las grandes mentes creativas. La definió como la capacidad de permanecer en medio de la incertidumbre, el misterio y la duda sin una búsqueda ansiosa de hechos y razones. Keats observaba esta cualidad en William Shakespeare, que, en su opinión, fue capaz de explorar en su obra perspectivas contradictorias sin forzarlas a una explicación única. En cambio, criticaba al poeta Samuel Coleridge por su tendencia a buscar explicaciones filosóficas que cerraran demasiado rápido el misterio.

Las buenas noticias son que la tolerancia a la incertidumbre puede entrenarse. propone diversas pautas que podrían ayudar a aguantar ese malestar sin recurrir a vías de escape automáticas como el móvil. En primer lugar, propone ponerle nota a la incomodidad. “Probablemente, lo más importante es aprender a reconocer lo que está pasando por dentro antes de que las emociones tomen el control”, explica. “Identificar que lo que se está viviendo es incertidumbre, y puntuarla del 1 al 10, ayuda a salir del piloto automático y abre la puerta a tomar decisiones más conscientes después”.

En segundo lugar, es importante distinguir entre incertidumbre real y percibida. “Muchas veces, no hay nada que resolver. El malestar surge de no controlar algo que nunca estuvo en nuestras manos”, asegura. “Recomendaría hacerse la siguiente pregunta: ‘¿Hay algo que pueda hacer ahora mismo con esta información?’ Es una forma sencilla de separar la acción útil de la rumiación”.

En tercer lugar, habría que retrasar la búsqueda de información, pero sin suprimirla. “No se trata de no mirar el móvil nunca, sino de introducir un intervalo deliberado entre el impulso y la acción”, comenta. “Ahí es donde se entrena el control. Empezar con dos minutos y ampliar progresivamente es mucho más sostenible que el ‘todo o nada”. También recomienda limitar la búsqueda a un máximo de dos fuentes fiables: “El hecho de saltar de buscador en buscador, , no calma la ansiedad, sino que la alimenta. Cada nueva consulta refuerza el círculo vicioso y aumenta la activación de forma exponencial”.

Finalmente, Bernardo propone “renegociar” la relación con la certeza. “La certeza absoluta no existe”, asegura, “aunque la ansiedad insista en buscarla. Trabajar la idea de que no saber algo no equivale a estar en peligro es un cambio cognitivo fundamental. La incertidumbre es el estado natural de todos nosotros, lo que varía de una persona a otra es cómo aprende a tolerarla”. En una época marcada por los cambios rápidos, la sobrecarga de información y las respuestas instantáneas, la capacidad de soportar la incertidumbre es casi un superpoder.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.