“Acompáñame en mi día de compras en Nueva York”, “nuestra comida de hoy en Santorini”. Estas frases y otras por el estilo suelen ser recurrentes en vídeos en redes sociales, especialmente en perfiles con miles de seguidores. Hace años, contar a cientos de personas dónde estábamos, qué comíamos, con quién nos íbamos de vacaciones o cómo había sido nuestro día habría resultado extraño, pero h, y enseñamos las vacaciones prácticamente en tiempo real. La frontera entre lo íntimo y lo público se ha ido desplazando hasta convertir la exposición en algo cotidiano. El problema muchas veces ni siquiera es cuánto enseñamos, sino cuánto necesitamos que los demás lo vean y, sobre todo, qué puede hacerse con toda esa información.
Para la psiquiatra , directora médica de Tranquilamente, parte de la explicación se encuentra en un mecanismo psicológico muy antiguo: , que no nace en soledad. “Durante la infancia necesitamos la mirada de nuestras figuras de referencia para descubrir quiénes somos: alguien que nos vea, nos nombre, nos interprete y nos devuelva una imagen de nosotros mismos”, explica. La adolescencia y posteriormente la edad adulta deberían permitirnos ir interiorizando esa función, explica Torres: “Aprendemos a interpretar lo que sentimos y desarrollar un criterio propio. La opinión ajena continúa siendo importante, pero deja de tener el peso que posee para un niño la mirada de sus padres”.
Las redes sociales, sin embargo, han amplificado y prolongado esa necesidad de ser vistos. “Ya no basta con vivir algo; ”, explica la psiquiatra. No significa que los adultos se comporten como niños, matiza, sino que puede reactivarse un mecanismo psicológico muy primario: la necesidad de que la mirada del otro nos permita sentir que existimos y que lo que vivimos tiene valor. Publicar una fotografía o compartir una experiencia no constituye en sí mismo un problema, según Torres. “La dificultad comienza cuando el estado emocional empieza a depender de la reacción obtenida. Entonces entran en juego los Me gusta, los comentarios, el número de seguidores o la ausencia de respuesta”, advierte.
A ello se suma la construcción de una identidad pública. Todos mostramos diferentes facetas dependiendo del contexto y no nos comportamos exactamente igual con nuestros hijos, amigos . El problema aparece cuando la versión pública comienza a ocupar demasiado espacio. La psiquiatra habla de una distancia entre el “yo vivido” y el “yo representado”. Si la imagen que proyectamos es la que obtiene reconocimiento, existe el riesgo de comenzar a organizar la vida para protegerla. El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott lo definió mediante el concepto de falso self: una identidad excesivamente adaptada a las expectativas externas que puede terminar alejándonos de la propia experiencia.
Esta cuestión adquiere especial relevancia entre niños y adolescentes, generaciones que han crecido considerando normal fotografiar, grabar y publicar la vida cotidiana. Torres no cree que el problema sea compartir, sino hacerlo mientras todavía se está construyendo la propia identidad. Y existe una segunda dimensión del problema que hace una década apenas estaba presente: hoy todo aquello que publicamos no solo es contemplado por otras personas, también puede ser procesado por sistemas capaces de relacionar enormes cantidades de información.
“Lo que ha cambiado no son los datos, es la capacidad de extraerles significado”, explica Julio Domínguez, ingeniero informático y director de crecimiento de Evolve. Hace cinco años, sostiene, cruzar grandes cantidades de información sobre un usuario requería equipos de analistas, tiempo y objetivos previamente definidos. La inteligencia artificial permite actualmente analizar esos datos de manera automatizada y realizar inferencias mucho más sofisticadas.
Los modelos son, además, multimodales: pueden procesar texto, imágenes, audio y vídeo. Una fotografía, un comentario, determinados hábitos o la información sobre nuestros desplazamientos dejan así de ser piezas completamente independientes. Y esa capacidad de relacionar datos aparentemente inocuos introduce un riesgo menos evidente: inferir información que nunca hemos proporcionado expresamente. Un realizado por investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zurich) con perfiles reales de Reddit demostró que grandes modelos de lenguaje podían deducir atributos personales como la ubicación, los ingresos o el sexo a partir de textos publicados por los usuarios. Los modelos alcanzaron hasta un 85% de acierto en su primera opción y un 95,8% cuando podían proporcionar tres respuestas. “Puede deducir cosas que tú nunca has contado”, resume Domínguez.
La fragilidad del anonimato digital, en realidad, es anterior a la inteligencia artificial generativa. Una investigación publicada en en 2013 analizó datos de movilidad de 1,5 millones de personas y comprobó que cuatro puntos espacio-temporales elegidos al azar bastaban para identificar de forma única al 95% de los individuos estudiados. La diferencia actual es la escala a la que puede realizarse el análisis. “La inferencia genera datos nuevos sobre ti”, explica Domínguez. Una persona puede no haber declarado determinadas circunstancias personales y, sin embargo, sus patrones de comportamiento permiten inferirlas con mayor o menor precisión.
Tampoco parece realista pensar que la solución consiste simplemente en leer todas las políticas de privacidad que aceptamos. Un conocido calculó que leer las políticas de privacidad de las páginas utilizadas por un internauta medio durante un año le exigiría alrededor de 244 horas. Para Domínguez, los sistemas de consentimiento tampoco facilitan necesariamente una decisión reflexiva. Los botones de aceptar, los permisos solicitados por las aplicaciones y los avisos de cookies favorecen muchas veces una respuesta rápida del usuario, que termina cediendo información sin valorar exactamente para qué podrá utilizarse.
Las consecuencias ya no pertenecen únicamente al terreno teórico., un 5,1% más que el año anterior. Casi nueve de cada diez fueron fraudes informáticos. A ello se añade el desarrollo de herramientas capaces de generar imágenes, vídeos o voces sintéticas cada vez más convincentes a partir de muestras reducidas, lo que incrementa las posibilidades de suplantación.
¿Qué se puede hacer entonces? Domínguez propone empezar por algo tan sencillo como “reducir la superficie”: revisar los permisos de las aplicaciones, especialmente aquellos relacionados con ubicación, cámara, micrófono y contactos, y preguntarse si realmente son necesarios. El segundo hábito consiste en “verificar siempre por otro canal”. Si por ejemplo un familiar llama o escribe solicitando una transferencia de manera inesperada, conviene colgar y contactar con él mediante el número habitual. También recomienda activar la verificación en dos pasos en las cuentas importantes. El tercero requiere un cambio de mentalidad: pasar del “no tengo nada que esconder” al “no tengo por qué regalar materia prima”.
Por un lado, hemos aprendido a vivir bajo la mirada ajena hasta el punto de que ser vistos puede confundirse con existir. Por otro, esa mirada ya no pertenece únicamente a amigos, conocidos o seguidores. También existen sistemas capaces de observar conjuntamente las pequeñas huellas que dejamos. Aprender a estar a solas, sostiene Torres, continúa siendo una capacidad fundamental para la salud mental: conocerse desde dentro y construir una identidad que no necesite ser confirmada constantemente por los demás. En la era de la inteligencia artificial, recuperar parte de esa intimidad puede haber dejado de ser únicamente una cuestión psicológica para convertirse también en una forma de protección.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
