Acuden los pacientes diagnosticados de esquizofrenia. El primero tiene 34 años; su madre me contó que ya en el colegio le costaba seguir el ritmo, que repitió dos cursos y que nunca tuvo amigos. Su psicosis apareció despacio, sin ruido, y lo que hoy limita su vida no son las voces, sino la apatía: puede pasarse la tarde sentado, fumando, frente a un televisor apagado. La segunda tiene 22, terminó Filología Hispánica con buenas notas y se derrumbó en tres semanas, tras un verano de consumo intensivo de cannabis, convencida de que sus compañeros de piso la grababan y le “desnudaban la mente”. Ambos figuran en el sistema con el mismo código: “esquizofrenia”. A los dos les receto un antipsicótico. Y sé, mientras lo hago, que no estoy tratando lo mismo.
Esa incomodidad, que cualquier clínico reconocerá, ha dejado de ser una impresión privada para convertirse en el centro del debate científico. La idea que se abre paso es que la esquizofrenia se parece cada vez menos a una enfermedad, con un mecanismo central por descubrir, y cada vez más a un punto de llegada: un cuadro clínico reconocible al que se accede por caminos biológicos parcialmente distintos. Durante décadas hemos tratado la variabilidad de nuestros pacientes como ruido que había que promediar. La propuesta es que esa variabilidad era justamente la señal.
Otro intrigante asunto es la respuesta a fármacos. En 2024 se aprobó en Estados Unidos la combinación de xanomelina y trospio, el primer antipsicótico que reduce los síntomas psicóticos : actúa sobre el sistema colinérgico, otra vía química completamente distinta. Y casi a la vez, otro fármaco que trabajaba sobre ese mismo sistema con un mecanismo algo diferente, emraclidina,. Diríamos que son dos llaves parecidas, la misma cerradura aparente, con resultados opuestos. Quizá es lo que cabe esperar si los pacientes no comparten mecanismo.
La genética cuenta algo parecido. Los dos grandes trabajos publicados en Nature en 2022 describen dos arquitecturas diferentes. Por un lado, miles de variantes comunes de efecto minúsculo; , ha localizado casi trescientas regiones del genoma implicadas. Por otro, que multiplican el riesgo hasta cincuenta veces. El paciente con una de esas mutaciones tiene un canal cerebral concreto averiado. El paciente con carga poligénica alta tiene un cerebro sutilmente predispuesto que se descompensa al chocar con la vida. Los dos puntúan igual en nuestras escalas, los dos reciben la misma receta, pero no parecen compartir el mecanismo.
Un día les pedí a mis dos pacientes con esquizofrenia que me trajeran una foto. La chica, recién salida del brote, me trajo una de su Erasmus en Marsella: exultante, abrazada a dos compañeras de piso, en bañador, quemada por el sol. El chico de 34 años trajo una excursión al zoo con su clase. Me explicó, disculpándose, que él no salía; se había quedado atrás mirando otra cosa. La pregunta útil ha dejado de ser qué es la esquizofrenia y es cómo ha llegado hasta aquí esta persona.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
