A principios de octubre en la Comunidad de Madrid. Alejandra García, de 40 años, lleva desde entonces queriendo vacunar a su hijo, Martín, de 16 meses. Pero no ha podido. Lleva malo desde entonces. “Mira, el año pasado cogió una gripe al mes y este, pues desde septiembre con mocos, llevamos el mismo camino. No puedo más”. Martín no es un niño especialmente enfermizo. La situación que comenta su madre es tan desesperante como común. . “Es normal que durante los dos primeros años de vida un niño pueda presentar hasta seis u ocho episodios de infección respiratoria viral leve al año”, explica , médica especialista en microbiología del Hospital Sant Joan de Déu. “Los niños pequeños tienen un sistema inmunitario todavía en desarrollo y están entrando en contacto por primera vez con muchos virus”, argumenta. Y esto se junta con un contacto estrecho y prolongado con otros niños, con hábitos propios de la infancia como el juego intenso y la necesidad de morder y tocar todo. Y se lía.
Muñoz-Almagro explica que no todas las escuelas son iguales. “Existen factores que pueden favorecer o reducir la transmisión de los virus respiratorios, como la calidad del aire interior, el número de niños por aula, el espacio disponible por niño y las actividades que se realizan”, señala. No es lo mismo un centro educativo ubicado en un espacio cerrado y con escasa ventilación que otro con acceso frecuente a patios o zonas verdes donde los niños pasen parte del tiempo al aire libre. Pero no todo tiene que ver con el aire.
Para entender cómo se propagan los virus en estos espacios, un equipo de virólogos de la Universidad de Pittsburgh decidió crear su propia guardería hace cuatro años. Solo que el alumnado era un tanto especial: . Juntaron a los animales unas horas al día en un espacio común. Les dieron de comer y les pusieron unos cuantos juguetes. Tomaron nota de cada interacción y vieron cómo se propagaba el virus. Los hurones tienen unas vías respiratorias muy similares a las de los humanos. Por eso son el estándar para estudiar enfermedades respiratorias. También son animales muy sociables: corren y juegan y se muerden y babean. Es un tipo de comportamiento que resultaría extraño en un bar o una oficina, pero que es bastante habitual en una escuela infantil. Los primeros resultados del experimento señalaron que la ventilación no era tan importante para frenar el contagio como la higiene. Los hurones se contagiaban igual aunque se renovara el aire con mayor frecuencia (solo llevaba más tiempo) y, en muchos casos, lo hacían por jugar con los mismos juguetes que había tocado el ejemplar enfermo.
Los virus de las escuelas infantiles tienen mucho que ver con lo que sucede en las oficinas. Las condiciones laborales de los padres repercuten sobre las enfermedades de sus hijos y en qué circunstancias les llevan a la escuela. Además, el contexto social ha cambiado. Con la incorporación de la mujer al trabajo, el aumento de las familias monoparentales y los abuelos más mayores, igual ahora es más difícil que un niño pachucho se quede en casa. Y de esta forma, las guarderías se convierten en una bomba vírica que se recarga continuamente. Alejandra confirma esta idea rememorando lo que le pasó esta misma semana. Su hijo había pasado una noche terrible. Se despertó con algo de febrícula, pero ella le dio medicina y lo llevó a la escuela igualmente. Después, se fue a trabajar con un leve remordimiento en el pecho. “Me sentía culpable porque sabía que estaba llevando un virus a la escuela, pero no me quedaba otra. Todas las familias lo hacen”, explica. No le queda otra porque es madre soltera. Porque el año pasado Martín cogió más o menos un virus cada mes, y este año va por el mismo camino. En este contexto, es imposible no fallar, como madre o como trabajadora. Porque el sistema exige trabajar como si no se tuvieran hijos y criar como si no se tuviera un trabajo. Y eso es imposible, se lamenta Alejandra.
“No creo que esto sea una cuestión de un modelo familiar concreto, sino de cómo se organiza la sociedad actual y de los apoyos disponibles para las familias con personas dependientes a su cargo”, reflexiona Muñoz-Almagro. “Las redes de apoyo familiar no siempre están disponibles. Por eso es importante desarrollar políticas que ayuden a las familias a conciliar el cuidado de los hijos con las responsabilidades laborales”.
La normativa , pero la situación cotidiana de “me llama el colegio porque mi hijo tiene fiebre” sigue generando problemas de conciliación y depende de la red de apoyo o la flexibilidad de la empresa. Y cuando estas fallan, solo hay una opción. 328.000 trabajadoras en España se han reducido la jornada laboral después de tener un hijo para poder conciliar, frente a 33.400 hombres (el 8,9% de las ocupadas con alguien a cargo frente al 0,9% de ellos). Prácticamente 10 veces más.
Así que da igual que vayan o no a la escuela. Todos acabarán por enfermar igual cuando socialicen. La principal diferencia, y no es menor, es con qué sistema inmunitario se hace frente a la enfermedad. Un sistema más maduro podrá responder mejor ante los virus.
¿Por qué entonces muchos padres se contagian con la misma o mayor virulencia que sus críos? “Intuitivamente pensaríamos que un adulto debería pasar las infecciones mucho mejor”, explica Muñoz-Almagro. “Sin embargo, la intensidad de los síntomas no depende únicamente del sistema inmunitario”. La microbiota respiratoria que tengamos puede ser determinante, explica la experta. Además, los niños y niñas tienen menos enfermedades crónicas que los adultos. “Con el paso de los años pueden aparecer factores como el tabaquismo, el estrés, la falta de descanso o enfermedades como el asma, la diabetes o la obesidad, que modifican tanto la respuesta inmunitaria como la microbiota respiratoria”.
Por tanto, no siempre es más fuerte quien tiene el sistema inmunitario más maduro, sino quien mantiene un mejor equilibrio entre sus defensas, su estado general de salud y los microorganismos con los que convive.
Los rinovirus, adenovirus y norovirus circulan libremente por las escuelas infantiles españolas y eso no va a cambiar. Para hacerles frente, más que una actuación médica, haría falta reforzar el sistema de cuidados. Escuelas con ratios más bajas, con más espacios al aire libre. Permisos más flexibles y una mayor presencia del teletrabajo. Un sistema que no dependa solo de la capacidad de las familias para improvisar y pedir ayuda. Los virus son inevitables. Pero que cada fiebre se convierta en una crisis familiar no tendría por qué serlo.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
