En Cinema Roma, el cine de L’Alfàs del Pi que se resiste a desaparecer (y reserva entradas en taquilla para sus vecinos) | Vive Saludable

En Cinema Roma, el cine de L’Alfàs del Pi que se resiste a desaparecer (y reserva entradas en taquilla para sus vecinos)

En Cinema Roma, el cine de L’Alfàs del Pi que se resiste a desaparecer (y reserva entradas en taquilla para sus vecinos)

En ese mismo terreno, los padres de Iborra construyeron una nave que albergó el Cine Mari Luz y, más tarde, el , una sala que desde 1979 proyecta una cuidada selección de títulos. “Mi hermano lo inauguró con una película de Visconti, que eso ya marcaba bastante. Alguna vez pasaron alguna comercial y al principio funcionó un poco, pero después el público iba solo a las películas interesantes, a un cine más de autor”.

Los dos hermanos de Iborra regentaron el Roma, más por pasión al cine que por negocio, hasta su fallecimiento el año pasado. Entonces, el director y guionista, que vive en Madrid desde que se mudó a la capital para hacer carrera en la industria del cine, recibió una llamada de una persona del Ayuntamiento. “Me dijo: Te lo digo para que veas cómo la gente quiere al Roma, han llamado más de 100 personas preguntando, preocupadas, si se va a cerrar”.

Precisamente, una de las frases que más se oye cuando los clientes se acercan a la taquilla es “por favor, no cerréis nunca”. Lo escucha a menudo Ángel Suárez, el hombre en el que Iborra ha confiado la gestión de la sala ahora que no están sus hermanos. “Al principio pensé: ‘Qué hago yo con esto’. Pero le tengo tanto cariño… más que cariño, es que es mi vida. La primera comunión la hice en el hall del cine porque mi casa era pequeña. Yo he vivido en el cine todo”.

Una parte de los espectadores que estos días se han acercado a ver La bola negra ha vuelto: “Una chica ha venido ya tres veces”, dice asombrado Suárez, que incluso llegó a ampliar la proyección de la cinta a una sesión matinal. “En 13 años que llevo aquí trabajando no he visto algo así. Recuerdo que tuvimos tres semanas, y teníamos a mucha gente, unas cien personas, pero no se llenaba. También han sido un pelotazo la de,,...”. Iborra, en cambio, sí recuerda un aforo como este. Ocurrió en 2001, cuando estrenó Tiempos de azúcar, un filme dirigido por él y rodado en los pueblos de alrededor. “Estuvimos un mes entero poniéndola todos los días porque había muchos extras de la zona”.

Suárez lamenta que muchos de los espectadores que han llenado estos días los pases de La bola negra no sean asiduos al cine, pero se alegra de que Cinema Roma viva de un público muy fiel. “En invierno, que hace frío o está lloviendo, a lo mejor están en su casa calentitos con la estufa y vienen de Altea. Se suben a su coche, aparcan y vienen al cine, y lo hacen dos veces a la semana. Hay gente que me dice: ‘Venimos sin saber qué película vamos a ver, pero sabemos que más o menos nos va a gustar”. Así que cuando Suárez selecciona la cartelera, se guía por su olfato cinéfilo, pero sobre todo por lo que sabe que va a gustar a sus clientes: “Las películas son para ellos”.

En su casi medio siglo de vida, Cinema Roma ha proyectado un sinfín de historias de ficción y, al mismo tiempo, la sala ha sido testigo de la historia de España. Su inauguración coincidió con la llegada de la democracia y su pantalla se convirtió en una ventana al mundo. “Fue el momento de la llegada de la libertad. De pronto se veían todas las películas que no se habían visto por la dictadura y eso marcó mucho a mucha gente de la zona. Creo que al Roma le dio una fuerza impresionante porque estaba todo el mundo con muchas ganas de verlo todo”, recuerda Iborra. Por el cine Mari Luz había pasado anteriormente muchos títulos del Oeste, que era la forma más aséptica de ver cine cuando el censor y el cura del pueblo vigilaban cada palmo del metraje, y cintas sobre el pasado imperial como ¿Dónde vas Alfonso XII? o comedias costumbristas como El último cuplé.

Iborra estaba acostumbrado a ver desfilar por el salón de su casa a los delegados de las distribuidoras: “Se acercaban con un dosier de las películas que tú tenías que contratar, y recuerdo discusiones de mi padre con ellos. ‘No, no, yo quiero Doctor Zhivago. Y la quiero hacer (sic) cuanto antes porque va a ser un gran éxito’. Pero entonces se vendían por lotes, y si querías Doctor Zhivago te tenías que tragar esta y esta”. Otras veces tocaba proyectar por obligación y, por obligación también, hacerlo por todo lo alto: para el estreno del documental Franco, ese hombre, las mujeres del pueblo decoraron el cine de verano con unas banderitas de papel de seda que habían hecho a mano para el gran acontecimiento.

Tampoco fue ajeno: “Recuerdo una pequeña discusión entre mi padre y mis hermanos. Mis hermanos decían: ‘Hay que abrir el cine’. Y mi padre: ‘Por favor, cuidado’. Mis hermanos llamaron al cuartel de la Guardia Civil de Altea. Les dijeron: ‘Podéis hacer lo que queráis, iremos a dar una vuelta”. El miedo del padre de Iborra estaba justificado: ese día se proyectaba la película valenciana La portentosa vida del Padre Vicent, que había suscitado antes tanta polémica que en algunos cines de Madrid y Alcoi se pusieron bombas coincidiendo con su pase. Al final, los Iborra abrieron el cine y, durante la sesión, los espectadores entraban y salían de la sala para seguir la actualidad: “Había algunos que estaban en el hall con un transistor intentando seguir lo que pasaba en el Congreso”.

Ocho años más tarde del 23-F y siguiendo los pasos de su padre, Iborra quiso acercar aún más el cine al público creando eli. Por este certamen, que sigue entregando cada verano sus emblemáticos Faros de Plata, han pasado Pedro Almodóvar, Emma Suárez, Fernando Trueba, Rossy de Palma, Carmen Maura, Loles León y un sinfín de estrellas.

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