Obesidad es lo que padece una persona “excesivamente gorda”, según el diccionario de la RAE. Para encuadrarlo en unos parámetros más objetivos, tradicionalmente se ha usado el índice de masa corporal (IMC), que relaciona el peso y la altura. Es un buen detector para la mayoría de la población, pero habitualmente deja fuera a quienes tienen abundante masa muscular o mucha grasa acumulada en la tripa y no en otras zonas. Muchos profesionales , que padecen casi uno de cada tres pacientes de riñón, según un estudio que se presenta esta semana en el congreso de la Sociedad Española de Nefrología (SEN).
El proyecto OBERCE analizó a 2.036 adultos con enfermedad renal crónica, sin diálisis ni trasplante, de los cuales un 38,9% tenía obesidad con el criterio del IMC: que la división de los kilogramos de peso entre el cuadrado de la estatura en metros sea igual o mayor a 30. Al incorporar medidas como la circunferencia de la cintura y su relación con la altura, la proporción alcanzó el 63,5%. en 558 personas, el 27,4%.
“Si no eres consciente de que tienes obesidad, no la vas a tratar”, resume María José Soler, nefróloga del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, vicepresidenta de la SEN y una de las autoras del estudio. El punto de inicio fue la sensación en la consulta de que había mucha más obesidad de lo que decían las estimaciones oficiales. Cuando se puso a medirlo, se dio cuenta de que pacientes con mucha grasa corporal , algo que ya han constatado estudios en otras poblaciones.
En el , la obesidad, considerada por la Organización Mundial de la Salud como una “enfermedad crónica”, adquiere especial relevancia: aumenta el deterioro del riñón y el riesgo cardiovascular, ya de por sí elevado en estos pacientes.
“El IMC no distingue la grasa del músculo, del hueso o del agua, y tampoco dice dónde se acumula la grasa”, señala José Manuel Fernández-Real, endocrino y catedrático de la Universidad de Girona. En los pacientes renales pueden coexistir retención de líquidos y pérdida de músculo, dos alteraciones que complican su interpretación. “Es obesidad que no veíamos porque estábamos usando una herramienta inadecuada para buscarla”, continúa.
“Lo que no se diagnostica no se trata”, insiste Soler, que cree que muchos colegas pueden insistir menos en hábitos dietéticos y de ejercicio en pacientes que no tienen obesidad según los parámetros tradicionales. Tampoco son candidatos a la financiación de los nuevos . En España, la sanidad pública sufraga Ozempic para pacientes con diabetes tipo 2 insuficientemente controlada, en combinación con otros antidiabéticos, pero exige un índice de al menos 30.
En OBERCE ―estudio ― solo el 24,1% de los pacientes clasificados con obesidad recibía fármacos de esta familia, lo que no significa que el resto careciera de cualquier tratamiento ni que todos debieran tomar estos fármacos.
Más allá de bajar peso, la semaglutida (principio activo del fármaco) el riesgo relativo de un desenlace que agrupaba fallo renal, una pérdida importante de función del riñón o muerte por causas renales o cardiovasculares en pacientes con diabetes tipo 2 y enfermedad renal crónica.
Clara García Carro, del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y coautora del estudio, aboga por incorporar a la clínica algo tan “sencillo” como la medida abdominal, que puede afinar el veredicto del IMC no solo en la consulta de los nefrólogos, sino de otras especialidades que pueden contribuir al diagnóstico de obesidad.
La revisión de los parámetros para detectarla tampoco consiste en convertir automáticamente en enferma a toda persona con más grasa de la aconsejable. Una , de la que forma parte Fernández-Real, propuso en 2025 distinguir entre obesidad preclínica ―un exceso de adiposidad que conserva la función de los órganos― y clínica, que causa alteraciones orgánicas o limita actividades cotidianas.
Andreea Ciudin, coordinadora de la Unidad de Tratamiento Integral de la Obesidad del Hospital Vall d’Hebron, coincide en examinar qué sucede en el tejido adiposo: “La grasa situada bajo la piel puede perder capacidad para almacenar adecuadamente lípidos, que terminan acumulándose alrededor de los órganos o dentro de ellos. Esa distribución puede favorecer inflamación y resistencia a la insulina sin que el peso alcance el umbral convencional de obesidad”.
El IMC, sin embargo, sigue siendo una herramienta sencilla y efectiva para medir tendencias poblacionales. Fernando Rodríguez Artalejo, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, sigue apoyando su uso. Aunque reconoce que no distingue músculo de grasa, señala que, fuera de situaciones como las de personas muy musculadas, el aumento de peso suele reflejar una ganancia de grasa.
Artalejo cita un metaanálisis en 2024 que encontró una correlación elevada entre el IMC y la relación cintura-altura, y una capacidad muy similar de ambas medidas para distinguir a las personas con hipertensión.
El catedrático también ve razones para complementar el IMC con la cintura: “Hay personas que tenemos un IMC normal, de 22, pero más tripa de la deseable”. Medirla permite identificar una acumulación abdominal que merece atención, aunque recuerda que hacerlo correctamente requiere localizar referencias anatómicas que no siempre son fáciles de encontrar. Y añade que la valoración especializada dispone de otros procedimientos, como la bioimpedancia, que estima la composición corporal: “Si tú vas a un endocrino, casi no te va a medir circunferencia, te va a hacer impedanciometría y va a medir porcentaje de grasa”.
El problema es que, fuera de estas consultas especializadas en obesidad, se sigue confiando demasiado en el IMC. Ciudin asegura que “hay muchísima inercia y mucho desconocimiento”. La endocrina reclama formación para incorporar esa evaluación a la práctica habitual y dejar de seguir la enfermedad solo en kilos.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
