Se ha convertido en la coartada perfecta para los nuevos modelos de negocio que envuelven su consumo en un contexto creativo y artístico. Desde hace más de una década,de especialidad ensalzan la bebida estrella con una preparación y presentación elaboradas mientras se apoyan en un interiorismo cuidado. Como cuenta el tostador de café en el libro Atlas mundial del café (Cinco Tintas, 2026), el concepto especialidad se refiere a un aumento de la calidad y del sabor en comparación con los cafés de categoría comercial: más baratos y con menos matices gustativos y olfativos.
Tomarse un café ya no es solo un rito o una elección gastronómica; es la fuerza motriz para salir de casa y ejecutar una táctica de posicionamiento compartida en redes sociales. Casi se podría decir que las cafeterías de especialidad son las nuevas coctelerías; más si cabe con el auge del (impulsado por la generación Z y abrazado intergeneracionalmente), que abogan por reducir o apartar el alcohol de los hábitos de consumo, especialmente en las interacciones en comunidad. Si se tiene en cuenta que las tribus urbanas pasan por una fase famélica en cuanto a militancia, el acto de ir a uno u otro local puede aportar información sobre el individuo que comparte tiempo y espacio con arquetipos similares al suyo. Para justificar el precio medio del café (que suele rondar los cuatro euros), los establecimientos ya no solo venden bebidas y comida, sino que ofrecen propuestas comerciales complementarias a la hostelería ubicadas, generalmente, en el territorio de la cultura. Los sorbos y los bocados se intelectualizan y refinan en contextos de galerías de arte, gabinetes de antigüedades y curiosidades, librerías especializadas, concept stores con ropa, plantas y hasta fragancias, o lavanderías.
A la diseñadora Lucía López (Badalona, 37 años), dueña de , en Barcelona, y del extinto Espai Joliu, irse a vivir a Berlín en 2014 casi un año para estudiar un máster de Diseño Gráfico le ayudó a aterrizar el modelo de negocio que tenía en la cabeza. “Allí los locales son gigantes y al corner de café de especialidad lo complementan marcas de ropa alternativas, libros, etcétera. Por aquel entonces, en Barcelona, empezaba pero no había nada de este estilo que te cuento”, explica. Desde la ciudad alemana buscó local en la capital catalana, y encontró una antigua carpintería en Poblenou. “La convertí en Espai Joliu, que estuvo abierto de 2015 a 2022. Nos iba muy bien, pero por el miedo a morir de éxito, en otoño de 2018, abrí Orval Studio. Al llegar la pandemia hubo que cerrar, pero fue un tiempo de barbecho”, cuenta desde su casa en la ciudad condal.
López, que estudió en la escuela de diseño Elisava y asegura que su afición por el café la ha heredado de su padre, recalca la idea de su propuesta: “Siempre digo que la gente que viene no solo se toma un café perfecto sino que vive la experiencia de un espacio con arte, diseño e inspiración que lleva a hacer conexiones con gente nueva”. En este negocio multimarca hay café y repostería local (de Más Meriendas, por ejemplo), bolsos de la marca Ölend, fanzines barceloneses o la revista Apartamento.
En otros locales de Barcelona como , , o también se comercializan productos editoriales además de su propio merchandising (como tote bags, tazas, cantimploras o gorras) con el nombre del negocio.
En Madrid, desde hace casi dos años, el espacio, en el , ejerce como una suerte de gabinete de curiosidades y de anticuario. Su dueño es Murray Lemmon (Edimburgo, 31 años), propietario de otros locales como Ficus, Jack’s Library o Masaru. En James Tweed, además de servirse café, té y de los mejores pumpkin spice de la capital, se venden astrolabios, pequeñas esculturas, butacas orejeras, mesas, molinillos de café o ánforas. “No queríamos orden. La idea es que cada rincón tenga algo que descubrir, que te pierdas un poco. Que entres a por un café y te quedes mirando objetos o al revés”, asegura Lemmon.
El público local del barrio (algunos de ellos son coleccionistas) se mezcla con un público internacional que también vive o está de paso por la zona. Además, esta cafetería de especialidad resulta una experiencia inmersiva por el aroma del local, una mezcla seductora entre café y pistacho que escenifica “Son olores de Escocia, frutas y maderas. Nada artificial ni excesivamente dulce. Son 100% de origen vegetal sin ingredientes y 100% hechas en España”, asegura.
Para la artista Alejandra Glez y el actor José Neira, fundadores de , en el barrio madrileño de Chamberí, el modelo de negocio de su cafetería de especialidad se basa en combinarlo con arte contemporáneo. Ambos son de La Habana y tienen 29 años; están construyendo sus carreras en España y han apostado por un espacio al que califican como “laboratorio vivo”.
Según Glez, la idea era “crear un espacio donde los artistas se lucraran de su proceso creativo sin esperar a la venta final”. Aquí, además de realizar exposiciones de fotografía analógica, arte digital, escultura o ilustración ofrecen un espacio para que los artistas puedan crear sus obras o tener un lugar en el que planificar el desarrollo creativo de sus propuestas. Complementando a la exposición de turno en el establecimiento, se suele llevar a cabo una cena temática con un precio por cubierto de unos 40 euros, con plazas limitadas en las que el artista guía la velada y el menú se elabora inspirándose en la temática de la muestra. De esta forma, se ofrece otro tipo de experiencia inmersiva en la que curiosos y potenciales compradores puedan adquirir obras tras haberlas conocido mejor. Entre los artistas que ya han comisariado la cena están la propia Alejandra Glez, Nicole Vindel, Belin o Lucía Mata. “Para ser coleccionista no hay que ser millonario y hay que pensar que la inversión se hace también en la persona y en la historia que hay detrás”, sostiene Neira.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
