Desigualdad erótica: cuando la satisfacción sexual también depende del nivel de renta | Vive Saludable

Desigualdad erótica: cuando la satisfacción sexual también depende del nivel de renta

Desigualdad erótica: cuando la satisfacción sexual también depende del nivel de renta

Hasta ahora, parecía bastante claro que nuestro dependía de nosotros mismos, de la educación recibida y de las experiencias vividas. Se era una máquina sexual o se era una estrecha, tal vez por haber estudiado en un colegio de monjas. Se era un picha brava, porque se había salido al abuelo, o se era un huevón. Sin embargo, el adjetivo bio-psico-social, que acompaña siempre a la dimensión sexual humana, hace tiempo que empieza a invertir estos términos. ¿Y si lo social tiene tanta importancia como lo bio?

Últimamente, se han publicado muchos estudios que analizan la relación entre y nivel económico, fruto de los cuales ha nacido un nuevo término: erotic inequity, que podría traducirse como “desigualdad erótica”. Aquí la palabra desigualdad no hay que entenderla solo como desequilibrio entre los sexos, sino también, y principalmente, como desigualdad social. Estos trabajos no establecen una relación directa entre dinero y , pero sí transversal, puesto que el poder adquisitivo es sinónimo de mejor calidad de vida, menor estrés y más margen para poder afrontar los problemas.

: una visión general teórica y una revisión narrativa de las asociaciones entre pobreza, condiciones socioeconómicas y bienestar sexual, publicado en marzo de 2022 en The Journal of Sex Research, es uno de los más completos y recientes. Sus autores sostienen que las personas con menos recursos económicos suelen enfrentar más obstáculos para desarrollar una vida sexual satisfactoria. Algunos de los grandes escollos derivados de la pobreza son: inseguridad habitacional y falta de privacidad, mayor vulnerabilidad y exposición a la violencia, peor acceso a la salud sexual y reproductiva e impacto desigual según género, raza y orientación sexual. Se concluye que el bienestar sexual también es un tema de justicia social, salud pública e igualdad estructural.

Jaime, un hombre prejubilado de 62 años de Palma, conoce en sus propias carnes el tema de esta investigación sin necesidad de leerla. “Tras una separación postergada, porque vivíamos de alquiler y solos no podíamos permitirnos pagar un piso, me divorcié. Me costó encontrar una habitación, porque a mi edad no es fácil, pero al fin lo conseguí. Estoy bien, pero no está permitido traer a nadie a dormir a casa. Ahora tengo una novia y no tenemos sitio donde vernos; porque ella, que es ecuatoriana, trabaja como interna y tampoco puede llevar visitas. Como mucho, me puedo permitir pagar una pensión de vez en cuando”, señala.

es otro estudio, publicado en 2013, con base poblacional, que incluyó a 7.384 personas sexualmente activas de 16 años o más, residentes en España en 2009. Según este trabajo, las clases sociales más bajas reportaban menor satisfacción sexual, tenían peor salud percibida, mayor carga doméstica y más estrés económico; y estos efectos eran más fuertes en las mujeres. La explicación a esto no entraña demasiado misterio para la psicóloga clínica Carme Sánchez, también sexóloga residente en Barcelona: “Para empezar, la pobreza femenina supera a la masculina. Por otro lado, hay que hablar de la carga mental, : planificación y toma de decisiones en el hogar. Trabajo que asumen mayoritariamente ellas. Pero, además, así como el hombre puede utilizar el sexo como una válvula de escape en tiempos difíciles, esta fórmula no sirve tanto para ellas. Nosotras, para poder disfrutar, necesitamos un cierto espacio de seguridad, sentirnos relajadas. Nos es más difícil compatibilizar placer con estrés”, apunta.

En cuanto al estudio (2000-2015), este es uno de los pocos que analiza explícitamente la frecuencia sexual, la tasa de orgasmos, las prácticas sexuales y la clase social. Según esta investigación, las clases altas reportan másmás prácticas orientadas al placer, más número de orgasmos y más sexo oral. Las economías más bajas registran, sin embargo, menor diversidad en las prácticas, relaciones más tradicionales y menor atención al placer de la mujer. Es curioso cómo se resalta el hecho de que los más pobres tienen más frecuencia en las relaciones, mientras aquellos de mayor poder adquisitivo registran más calidad y variedad.

Una conclusión que aparece una y otra vez en estos trabajos es que el florece al calor de ecosistemas donde existe el tiempo, la privacidad, el descanso, la autonomía, la igualdad relacional y la estabilidad económica. Se podría decir que el deseo es un fenómeno cognitivamente caro y se ausenta cuando la mente está absorbida por la supervivencia, las deudas, el cansancio, las jornadas interminables o la conciliación entre trabajo y cuidado de los hijos.

Bárbara Montes Saiz, especialista en sexología clínica y terapia de pareja, directora de marketing y comunicación de la tienda erótica online Diversual y colaboradora del programa de La 2 sobre sexualidad Zero dramas, sostiene que, “a las mujeres, vivir en modo supervivencia les pasa factura, sobre todo, en la falta de deseo. El hombre proveedor, ya sea para él mismo o para la familia, afronta las crisis económicas con falta de autoestima, crisis de identidad, estrés y cortisol alto, lo que puede afectar a la erección; ya que no solo tiene que mantener el tipo en las finanzas, sino también en la cama”.

Una economía precaria es facilitadora de peleas y riñas en la pareja. Si, además, alguno de los miembros tiene más poder adquisitivo que el otro, se pueden establecer relaciones de poder y la posibilidad de separación se dispara. Silvia (39 años, Madrid), administrativa y madre de un hijo, tuvo que darse un tiempo y volver a casa de su madre para no poner fin a su relación. “Cuando me echaron del trabajo, la economía familiar empeoró mucho y las discusiones eran constantes, siempre por el tema del dinero. Creo que elegir esta separación momentánea fue lo mejor para salvar la pareja”, señala.

No siempre depende de la cuenta bancaria. La autopercepción que uno tenga de su propia economía es importante y, a menudo, subjetiva. “Uno puede tener de sobra para vivir y sentir que no tiene nada, y viceversa”, apunta Carme Sánchez: “Vivimos en una sociedad consumista que nos crea un montón de necesidades, a menudo ficticias, y nos sentimos mal si no podemos satisfacerlas. Además, las redes sociales son un factor de comparación que pueden hacernos sentir muy pobres y desgraciados si no podemos comprarnos el último modelo de iPhone”.

Algo que ya nadie niega es que la pobreza consume energía erótica y la desigualdad influye en la pareja, estableciendo dependencia económica y anulando la autonomía. En parejas dependientes hay menos capacidad de negociación, más sexo no deseado, menor placer y menos orgasmos. Pero si la falta de dinero es un factor negativo, el mero hecho de ser alguien pudiente tampoco garantiza el bienestar erótico ni emocional. Es más, vivir instalado en un alto nivel de vida puede traer otro tipo de tensiones: hipercompetitividad, exceso de trabajo, presión por mantener el estatus, dificultad para confiar (¿me quiere a mí o mi posición?) o vidas muy organizadas alrededor del rendimiento y no del placer.

Antoni Bolinches, filósofo, psicólogo clínico, sexólogo y escritor, apunta, además, cómo “los hombres con poder económico y social suelen ser más proclives a la infidelidad porque son incapaces de negarse a las proposiciones y necesitan menos requisitos para ser infieles. Sin embargo, a las mujeres en la cima les cuesta más encontrar personas a su altura”.

Y la pobreza favorece también las relaciones interesadas. “Muchas personas, hombres y mujeres, buscan lo que antes se llamaba un ‘buen partido’, o, sin llegar a establecer una relación sólida, lo que ahora se conoce como , donde lo que se busca no es tanto la satisfacción sexual sino el apoyo financiero”, subraya Bolinches, también coautor del podcast de autoayuda Ojalá lo hubiera sabido antes.

Dentro del contexto de la pareja estable, muchas veces las relaciones están ligadas a determinadas actividades. La vida sexual de las uniones de larga duración puede avivarse con una cena, un concierto, unas vacaciones. La pizza frente al televisor no suele producir los mismos efectos. Como señala Mónica Chang, experta en bienestar sexual de la marca de juguetería erótica , “las personas con ingresos más altos suelen poder permitirse tiempo para salir, practicar actividades de autocuidado o incluso invitar a su pareja a una cena romántica a la luz de las velas. Como ocurre con la mayoría de las cosas, cuanto más tiempo y esfuerzo se dedica a algo, mejores suelen ser los resultados”.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.