Son dos ideas al alza en las consultas de los . Un filón para captar lectores en los . La fuente de la que beben cientos de investigaciones. Y un ámbito manoseado hasta el delirio en redes sociales, donde brotan miles de entradas en las que ambas nociones se estiran a discreción y con absoluto descaro (incluso osadía diagnóstica), según estime el youtuber o tiktoker de turno.
Trauma y apego. Apego y trauma. Estilos de apego que derivan en . Vivencias traumáticas difíciles de procesar por un apego no seguro. El huevo y la gallina. Círculos viciosos operando desde los rincones de la psique. Bucles que, se nos insiste, hay que desentrañar si queremos sentirnos mejor. Juntos o por separado, con sus fieles y detractores, ambos conceptos simbolizan una tendencia que se consolida en : mirar hacia atrás para sanar el ahora.
Saavedra se refiere a , que en los años 60 formuló la teoría del apego. Esta otorga una importancia nuclear a la relación con nuestros cuidadores (en especial la madre) durante los primeros años de vida. Sin un vínculo seguro, se avisa, el niño crecerá irremisiblemente hacia un adulto con relaciones problemáticas y las emociones escacharradas. Por suerte, esa herida primigenia se puede curar, aducen los muchos psicólogos que hoy trabajan con el apego. Bowlby intentó conciliar la ortodoxia del diván con la observación empírica. Su herencia ha ramificado en sendas variopintas, desde los laboratorios de psicología hasta la magia del curandero.
Para Monzón, la clave de esta ola neo-psicoanalítica se halla en el “mayor interés de la gente por entender qué hay detrás de su malestar, yendo más allá de la sintomatología concreta”. Según ella, “conceptos como apego y trauma permiten ese entendimiento con un lenguaje cercano”.
Edurne Esteban, psicóloga de Somos Estupendas que el pasado año desgranó en una entrevista el trauma, el apego y las interacciones entre ambos, sostiene que no se está “volviendo al psicoanálisis per se“. Más bien se “han recuperado algunos de sus puntos centrales dotándolos de base científica”. Sin pretender que ese retorno al pasado “implique una indagación arqueológica en la que tiene que haber algo sí o sí”. Y todo ello en un marco de “psicología integrativa que permite adaptar la terapia a la persona”.
Lo que para Esteban supone una saludable huida de dogmatismos, para Ramón Nogueras, psicólogo y divulgador, no es más que eclecticismo a tientas, un todo vale que da cuenta del “estado lamentable en que se encuentra la profesión”. Nogueras aborrece de la psicoterapia que “se mueve por modas” y, al más puro estilo posmoderno, difumina las fronteras de escuelas y métodos. Le solivianta que un psicólogo se autodenomine cognitivo-conductual “mientras incorpora ideas de la terapia psicodinámica [versión más breve y directa del psicoanálisis clásico]”. Para él, una incoherencia de libro.
Nogueras alerta contra la querencia por hurgar en la infancia para encontrar el oráculo que guíe el abordaje del sufrimiento actual: “Puede provocar rupturas familiares innecesarias y crear conflictos que no tengan nada que ver con la experiencia de la persona”. Subraya que estas corrientes parten de un “determinismo falaz, ya que la primera infancia no es una etapa de la vida especialmente crítica”. Y añade que la antropología propone un sólido cuestionamiento de la teoría del apego: “Hay culturas con formas de crianza en las antípodas de lo que recomendaba Bowlby. ¿Deberían todos esos niños estar hechos pedazos?”.
Tales regresiones, prosigue González Morales, abren un melón infinito de posibles conjeturas. Y pueden dar pábulo a desmanes especulativos. “He tratado a personas con un supuesto trauma diagnosticado a partir de cosas que ellos ni siquiera recordaban”, dice. Cuenta haber escuchado interpretaciones de verosimilitud dudosa. Historias que, alguien concluyó, anidaban en la oscuridad del inconsciente. Incluso sobre abusos sexuales de un familiar que no dejaban de ser una hipótesis lanzada por un terapeuta. “El psicólogo no tiene que inferir nada que no relate el paciente”, advierte. Ni caer en la tentación de “encorsetar la cantidad de variables que confluyen en la salud mental”. González Morales zanja: “Uno sufre en el presente. Empeñarnos en explicar ese dolor en lo remoto nos hace perder de vista las causas que mantienen el sufrimiento y sobre las que podríamos trabajar de manera mucho más eficaz”.
María Xesús Froxán, catedrática de tratamientos psicológicos en la Universidad Autónoma de Madrid, va más allá al afirmar que, en psicología, “el pasado no existe”. Froxán lamenta que por las rendijas del trauma y el apego se esté colando un virus que amenaza con arrasar “grandes avances
En la consideración de esta disciplina como ciencia”. Según ella, “cuando se busca el origen de los problemas” girando hacia atrás, “enlazamos con un tipo de psicología que se consideraba superada”.
Preguntada por las investigaciones que, insisten sus seguidores, refrendan los postulados del apego o el trauma complejo, Froxán responde que estas suelen confundir correlación con causalidad. Y que, por norma, se sostienen en “explicaciones tautológicas o simples perogrulladas”. Esta catedrática inventa un ejemplo: “Deducir que una persona con dependencia emocional ha tenido un mal desarrollo del apego. Y demostrar que ha tenido un mal desarrollo del apego porque tiene dependencia emocional”.
A Froxán le preocupa otro efecto que, a su entender, está teniendo este boom de constructos con raíz psicoanalítica: la victimización de la gente, que permite “eludir responsabilidades”. Buscar fuera a los culpables de nuestro malestar produce un “efecto balsámico” que podría inhibir la acción que conduzca al cambio. Sobre todo cuando se “patologizan eventos cotidianos y nos ponemos a la defensiva” ante la supuesta hostilidad de la vida misma.
Directora de formación del Instituto Libertia, Irene Fernández Pinto suscribe que “el trauma se ha banalizado hasta el punto de que todos podemos tener uno”. En cualquier caso, ella sí ve lógica una “cierta corrección en el movimiento pendular” que hizo que pasáramos casi abruptamente del psicoanálisis (centrado en el pasado) a lo cognitivo-conductual (focalizado en el presente). “La gente ha vivido cosas, más extremas o menos, que influyen en cómo son a día de hoy. Los psicólogos tenemos que atender estas historias de aprendizaje”.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
