El descanso que cansa: la paradoja de que nos agote pasar un día en la playa | Vive Saludable

El descanso que cansa: la paradoja de que nos agote pasar un día en la playa

El descanso que cansa: la paradoja de que nos agote pasar un día en la playa

A diario, un jardín comunitario y un paseo marítimo son lo único que se interpone entre Carmen Gutiérrez y la playa del Sardinero. Como directora de la Escuela de Cine y Televisión de Cantabria, casi podría saltar a la arena desde la privilegiada ubicación de su sede principal en Santander. Sin embargo, procura no hacerlo cuando le espera una tarde de trabajo frente al ordenador. “Porque la playa cansa”, dice. Es más, si vuelve a casa tras unas horas junto al mar, “no me apetece recoger las cosas de la bolsa de playa sino tumbarme en el sofá”, confiesa.

La sensación le resultará familiar a cualquier veraneante. Aunque en teoría pocas actividades parecen más relajantes que yacer durante horas, toalla mediante, al albur del sol, la brisa y las olas, es frecuente regresar de con una mezcla de somnolencia y falta de energía. ¿Pero cómo es posible terminar agotado tras disfrutar del templo del reposo estival?

“La gente cree que , pero está haciendo un trabajo metabólico enorme”, aclara a EL PAÍS Javier Ceballos, especialista en medicina deportiva y antiguo médico del Racing de Santander. Jubilado desde hace unos años y personalidad de la capital cántabra, pasa buena parte de sus días jugando a las palas en la arena, un deporte típico de esta región costera.

Ceballos achaca esa sensación a tres mecanismos fisiológicos. El primero, la termorregulación. “Cuando la temperatura ambiental aumenta, la prioridad del organismo es mantener estable la nuestra alrededor de los 37 grados”, señala. Para conseguirlo, se activa una compleja maquinaria fisiológica que consume energía incluso aunque permanezcamos . “Mientras estamos tumbados en la toalla, el cuerpo está trabajando para no sobrecalentarse”.

A esa exigencia se suma la pérdida de líquidos. “Aunque estés quieto y tumbado, pierdes líquido continuamente por el calor, la brisa y . Aunque sea una deshidratación ligera, el corazón tiene que trabajar más y eso también contribuye al cansancio”. Según recoge la Clínica Mayo, la exposición a temperaturas elevadas, especialmente cuando se combina con una humedad alta, puede favorecer diversos trastornos relacionados con el calor, desde calambres musculares hasta el y, en los casos más graves, el golpe de calor, una urgencia médica potencialmente mortal. Entre sus síntomas figuran la fatiga, el mareo, la debilidad, el dolor de cabeza, las náuseas o la dificultad para concentrarse.

El tercer mecanismo implicado es la defensa del organismo frente a la radiación solar. Aunque no lleguen a producirse quemaduras, los rayos ultravioleta generan estrés oxidativo y pueden , activando una respuesta inflamatoria: “El sol actúa como agresor y el sistema inmunitario responde”. Como parte de ese proceso, se liberan moléculas mediadoras de la inmunidad, como las citoquinas, relacionadas también con la sensación de fatiga que aparece durante algunas infecciones. “Son señales que favorecen el cansancio y obligan al organismo a descansar para reparar los daños”, apostilla Ceballos.

A ello se añade que la playa no es un escenario tan pasivo como aparenta. Incluso antes de pisarla podemos acumular cansancio: en verano es frecuente dormir peor por el calor o los cambios de horarios, y madrugar para encontrar buen sitio no ayuda. Después llega el traslado de sombrillas y neveras, un esfuerzo especialmente exigente para quienes llevan . Y todavía quedan los paseos, los baños, los juegos con los niños o actividades como las palas o el frisbee. Incluso caminar sobre la arena exige bastante más esfuerzo del que imaginamos.

Un estudio italiano estimó que hacerlo requiere cerca del doble de energía que caminar sobre una superficie compacta. Los investigadores atribuyeron esa diferencia a que, con cada zancada en la arena, el cuerpo recupera peor la energía del movimiento, obligando al organismo a realizar un mayor trabajo muscular para avanzar. “Tienes que sacar continuamente el pie porque se hunde y eso requiere mucha más energía”, recuerda Ceballos, que lo comprueba con particular intensidad durante sus partidas.

Precisamente por conocer bien esa factura fisiológica, él mismo ajusta el tiempo de playa. “Yo estoy dos horas, dos horas y media como mucho”. Su rutina consiste en jugar a las palas durante algo más de una hora, hidratarse mientras juega, darse un baño y tomar un poco de sol, siempre protegido, antes de marcharse.

Para reducir ese desgaste, sus recomendaciones son sencillas. La primera, hidratarse antes de sentir sed. “Cada hora un traguito de agua es fundamental”. También aconseja evitar algunas falsas soluciones: “El alcohol y los zumos azucarados . Yo tomaría agua y alguna bebida con electrolitos, con sodio y potasio, pero sin azúcar o no excesivamente azucarada”.

Todo apunta a que el consumo de playa debe hacerse con moderación. “No es un tema psicológico; el organismo está trabajando constantemente”, resume. De hecho, muchas personas aseguran sentirse incluso más agotadas al día siguiente, lo que Ceballos justifica en que los procesos de reparación celular, la recuperación de la hidratación y el restablecimiento del equilibrio interno requieren tiempo. “Es la factura que te cobra el cuerpo”.

Quizá por eso Carmen Gutiérrez ha terminado estableciendo esa norma personal. Aunque el Sardinero esté a escasos pasos de su trabajo, no acercarse si después le espera otra tarde de oficina, por eso, porque “cansa, y mancha”.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.